Abelardo Novoa Fernández, dueño de panaderías Ralún y director de Indupan Santiago


“Siempre es importante cumplir con los compromisos y motivar a los buenos trabajadores”

Tiene 47 años y se ha convertido en un verdadero ejemplo en relación al emprendimiento en nuestro sector. Claro, porque sin tener experiencia previa, en pocos años consiguió ser dueño de 5 panaderías en la Región Metropolitana, las que en sus manos se han convertido en todo un éxito… Y no sólo eso, tiene en mente un sinnúmero de proyectos, que sin duda darán que hablar.

Todo partió un 25 de julio de 1993, cuando a sus 19 años viajó desde su natal Nacimiento (Octava Región) a Santiago, para pasar el invierno en la casa de su tío Julio Fernández. Como él trabajaba de repartidor en una panadería (Jargui 1, de Jesús Arguinarena), Abelardo conoció en esas vacaciones las diversas labores del rubro.

“Me gustó la panadería. Era un lugar calientito, con un sabroso olor a pan… Comencé acompañando a mi tío en el reparto y, al cabo de un tiempo, don Jesús me ofreció trabajo y me quedé”.

Empezó realizando el aseo. Luego repartió en triciclo y pasó a las camionetas con un muy buen desempeño. Tanto así que en 1997 le ofrecieron administrar la panadería Maipú, cuyos dueños se asociaron con su jefe. Él lo llevó ahí como su persona de confianza.

A los 2 años (fines de 1999), don Jesús le dio la posibilidad de comprar la panadería Ralún de Lo Espejo. Entregó como pie algo de dinero que tenía guardado y el resto lo pactaron en cuotas. “Él fue quien me incentivó a dar el paso. Me dijo que era tiempo, que yo tenía el conocimiento y me iría bien”, recuerda.

“Además don Jesús fue mi aval ante los proveedores, que tenían desconfianza por mi edad… les dijo que, si yo no pagaba, él respondía. Esto fue muy importante, ya que la panadería estaba quebrada. Le debían a varios molinos y tuve que pactar letras con ellos”.

En unos 36 meses canceló la panadería y todas las deudas. Tenía 25 años, vivía en la panadería y utilizó la experiencia adquirida con “los dos grandes industriales para los que trabajé, los que pusieron en mi mente la necesidad de que cada saco que se echa en la máquina tiene que dejar utilidades”.

Siempre procuró controlar todo, hacer equipo y conversar con los trabajadores. “Les pedí que se comprometieran, ya que si la panadería tiraba para arriba tendrían un trabajo estable. Si nos iba bien, todo íbamos a ganar…Yo estoy convencido que hacer un buen equipo y tener buenas relaciones al interior de la empresa, es clave. Todos somos parte de. Solo no hago nada”.

CRECIMIENTO

Como su primera compra le dio buenos resultados, se interesó por buscar otra panadería que estuviera también con problemas o a punto de quebrar. Gracias al dato del vendedor de harina Fernando Valenzuela, el 2003 llegó hasta el supermercado Grace de Maipú. Lo compró y convirtió en la Ralún Maipú. “Yo iba a comprar sólo con la fe. Comprometía mi palabra y después veía cómo pagaba… Presenté la idea en el Banco Santander y me dieron la plata para el pie; el resto lo pacté en cuotas con el dueño”.

Nuevamente tuvo que procurar dinero para pagar la cuota al banco, al vendedor y tener los recursos para sacar adelante el negocio. Y lo logró sin problemas en cerca de 3 años. Y si bien se quedó a cargo de ambas, en la nueva panadería contó con la ayuda de su hermano, Rodrigo Novoa, quien se había venido hace poco tiempo desde el sur a trabajar en Lo Espejo.

En Maipú restructuró el modelo en el salón de ventas. Eliminó las góndolas, ya que facilitaban una alta incidencia de robos. Además, introdujo nuevas maquinarias y mejoró la oferta de productos. Pero tuvo que hacerse cargo de grandes deudas de cotizaciones; sin embargo, poco a poco se puso al día con todos los trabajadores y ellos comprendieron también que tenían que colaborar para sacar la empresa adelante.

En el 2006, también por un dato de Fernando Valenzuela (que ya era su verdadero corredor de propiedades), llegó a comprar la panadería Donosti de José María Narvarte, ubicada en San Francisco con Neptuno, en Cerro Navia.

Otra vez estaba frente a números negativos y tuvo que “negociar con la fe”. El banco una vez más le dio el crédito y así dio vida a la panadería Ralún Cerro Navia. Claro que aquí le fue un poco difícil tomar el control, ya que en la propiedad había 3 empresas. “El dueño funcionaba con la sala de producción y arrendaba el salón de ventas, así como también la pastelería. Había muchos caciques en un mismo local. Y no se querían ir, porque el trato se había hecho de palabra”.

El desafío no lo complicó. Abelardo ya tenía la experiencia, la fuerza y las ganas de hacer cambios. “Costó un poco al comienzo, ya que perdimos muchos clientes porque subimos los precios, dado que se vendía demasiado barato. Producían casi para perder plata. Además había deudas con los proveedores y las harinas se estaban pagando a muy largo plazo. Pero al introducir mejoras en el pan, al poco tiempo volvieron los clientes y se recuperaron las ventas”.

Al cabo de un año finalmente pudo armar un buen equipo. “Tuvimos gente que nos robaban, armaban auto asaltos, lo que fue muy complejo. Pero a los 2 años logramos que fuera una taza de leche, con un buen equipo y resultados”.

En el año 2013 apareció nuevamente Fernando Valenzuela, con “un pozo de oro”, la panadería Peñaflor. “Yo en el año 2003 iba a comprársela a José Martínez, pero él se la vendió a un pariente suyo, Jorge Fernández. A mí me gustaba la panadería porque estaba muy bien ubicada, cerca de la plaza y tenía buen pan, así que cuando se abrió esta nueva opción, dimos el paso”.

“Después de la reunión con el dueño me llamó Fernando diciendo que me encontraron muy cabro y que dudaban que tuvieran la plata. Así que le ofrecí hacer un mutuo, en donde paga el 100% el que se arrepiente”.

La compró otra vez con apoyo del banco y la pagó en unos 6 años, ya que era más cara, pero le iba muy bien. “Tenía mucho potencial, así que la remodelé entera. Se puso un horno Static de apoyo para cocer más pan, se hicieron más productos, se invirtió y hoy renta”.

En 2020, cuando Abelardo manejaba muy bien sus 4 negocios, con sus cuentas al día y buenos equipos de trabajo, le ofrecieron otra panadería que estaba pasando momentos complejos: La San José de San Ramón. Era de Juana María Diharasarri. La compró con el crédito Covid, a una tasa casi cero y con algunos recursos propios.


A la fecha aún está pagando cuotas de esta compra, pero sin problemas, ya que sus 5 industrias funcionan muy bien. Tiene las puertas abiertas con todos los proveedores, ya que no le debe a ninguno. Lo mismo con los bancos y a su vez está al día en todo lo relacionado con compromisos laborales.

Eso le da el pie para seguir observando nuevas opciones que puedan aparecer en el mercado. Por ejemplo, está estudiando la posibilidad de levantar una planta productora de comidas y colaciones envasadas para vender en sus locales.

En lo personal se siente muy satisfecho, pero se pone límites. Está proyectando retirarse a una edad en la que pueda darse algunos gustos. No quiere morir trabajando, dice.

Hoy su hijo mayor, Ignacio, trabaja con él y si bien concretó otros estudios, el ejemplo de su padre lo motivó a ingresar al negocio como un trabajador más. Esto fue muy valioso para Abelardo, ya que cree que una de las razones de su éxito, ha sido el conocer el negocio en todos sus niveles.

Respecto a su vida familiar, nos cuenta que Ignacio nació en el año 1996. Luego, en el año 2000, conoció a María Verónica Ortega, quien era amiga de una prima. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos a la panadería de Lo Espejo. Se casaron y pronto tuvieron a su primer hijo en común: Javier. La familia la completaron años más tarde Emiliano y Agustín.

Su señora trabajó con él a full apoyando en la panadería durante el primer año, pero su sueño era ser psicóloga. Así es que ingresó a la universidad y hoy tiene su consulta. Pero igualmente realiza intervenciones con el personal de las panaderías, aportando con charlas motivacionales y otras acciones para mejorar el clima laboral. Además, apoya en algunas labores administrativas.

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