Para contar la historia de esta empresa, socia de Unipan Valparaíso, debemos remontarnos al 1° de diciembre de 1935, cuando nace don Manuel Juanicotena Urrutia en el valle del Baztán, en Navarra, España.

En 1953, cuando tenía 17 años llegó a Chile. Emigró en barco junto a otros amigos de su pueblo, en búsqueda de nuevas oportunidades de desarrollo personal. Como en muchos casos, ellos tenían contactos y ofrecimiento de trabajo en nuestro país.

Salió desde Barcelona y arribó a Buenos Aires. Allí lo fueron a buscar y luego en un avión aterrizó en Santiago para trasladarse luego hasta Valparaíso.

Comenzó a trabajar con Eusebio Iribarren como aprendiz en la panadería Placeres. Tiempo después se fue a la panadería Chile, a desempeñarse como mayordomo.

En 1962 se independizó. Esto, al comprar la panadería Continental (del Cerro O´Higgins) junto a Luis Córdoba. Tras ello ingresó a la sociedad Dámaso Elizalde, porque los 3 eran oriundos del valle del Baztán.

Les fue muy bien, pero lamentablemente al cabo de un tiempo falleció don Luis Córdoba y optaron por dividir la sociedad. Esto derivó en que don Manuel se quedara con la panadería.

Poco antes de que se produjera este cambio, en el año 1972, se casó con Francisca Dendarieta Ariztizabal, también nacida en el valle del Baztán.

El noviazgo de ellos se desarrolló en los viajes que don Manuel realizó a su pueblo. Y en el último que hizo ese año, concretaron el matrimonio y viajaron juntos a Chile.

Ella tenía 29 años y él 36. Juntos trabajaron codo a codo en la panadería y con el paso del tiempo llegaron sus hijos Francisco, Guillermo y María Luisa.

La panadería que albergaba a esta familia era grande, de barrio y contaba con una vivienda en el segundo piso. Allí los niños crecieron rodeados de la habitualidad del negocio, el contacto con los trabajadores y los clientes.

María Luisa recuerda que desde muy niña (como a los 5 años) acompañaba a su padre a realizar trámites, al contador y a realizar compras donde los proveedores. Cuando era un poco más grande le tocó varias veces reemplazar a la cajera y apoyar en el mesón. Para sus hermanos, en tanto, un clásico era tener que sacar la camioneta para apoyar en el reparto.

Ninguno de ellos se quejaba o resentía el ayudar. “Fue algo natural. Crecimos viendo que esto era parte de la habitualidad de la familia”.

También destaca que vivir en una panadería era algo hasta valorado por sus amigos y compañeros. “Con el paso de los años ellos recuerdan lo que era entrar a este verdadero parque de diversiones… el olor a pan y lo maravilloso que era comer algo recién salido del horno”, dice.

María Luisa nos señala que vivir en torno a la panadería no les mermó la relación familiar. Por el contrario, destaca que esto les brindó la riqueza de tener siempre presentes a sus padres, lo que en el caso de otras familias se limitaba al horario en que ellos llegaban del trabajo.

Las vacaciones fueron también inolvidables. “No todos los años podíamos salir, pero cuando lo hacíamos eran maravillosas. Recuerdo que varias veces fuimos a España, hasta por 2 meses. Compartíamos con tíos y primos de las familias maternas y paternas. Era un lujo que no mucha gente se podía dar en los años 80”.

Usualmente viajaban con la mamá y el padre se le unía más tarde por algunos días (dejando a un mayordomo de confianza a cargo del negocio). “Era muy divertido, porque era llegar a un mundo totalmente distinto a donde vivíamos. Un lugar fantástico, con un entorno diferente, una zona agrícola. Un lugar en que tomábamos desayuno en una casa, almorzábamos en otra, tomábamos once en otra y cenábamos en otra… Por el lado de mi papá eran 10 hermanos y por el de mi mamá 6, así que había muchos lugares donde llegar, parientes que conocer y disfrutar”.

Y aún ahora siguen viajando y reciben a sus familiares en Chile.

NUEVA EMPRESA

En enero de 1993 don Manuel compró la panadería Pedro Montt. Todos se trasladaron del cerro al centro del Valparaíso, a vivir en la nueva panadería. La Continental, en tanto, la arrendaron hasta la fecha a Francisco Cayón y su familia (hoy está en manos de su viuda), quien era el mayordomo de esa empresa.

En esa época los 2 hermanos ya cursaban estudios superiores. La mayor Agronomía, el del medio Ingeniería en Transporte. Ambos en la Universidad Católica de Valparaíso. En tanto que María Luisa cursaba secundaria en el Seminario San Rafael.

La panadería Pedro Montt existía más o menos desde 1930, por lo que ya tenía clientela y una larga tradición. Y bajo su administración siguió cosechando éxitos.

Los hijos siguieron involucrados. “Todo salía de acá, así que era un deber colaborar. Los estudios, los viajes eran con la beca panadería Pedro Montt, así que había que estar presente”.

Con el paso de los años, los hermanos mayores formaron sus familias y el padre ya no tuvo las mismas ganas de antes como para actualizarse y cambiar ciertas cosas. Entonces Guillermo y María Luisa (ya ingeniera comercial) se hicieron cargo de la adminis- tración de la empresa. Esto fue hace unos 10 años.

Don Manuel Juanicotena murió en junio de 2018. Hoy su esposa y su hija viven en la panadería. Su viuda participa en el negocio, pero poco a poco los hijos asumen todas las responsabilidades.

PERFIL DE LA EMPRESA

La panadería Pedro Montt mantiene su tradición. Si bien hubo un “refresh” de la sala de ventas, no se cambió nada de fondo, porque desean que se mantenga el tipo de negocio que armó don Manuel.

En lo que sí hubo un leve cambio fue en introducir más productos de almacén, para así dar facilidades a los vecinos que no desean o no pueden ir a un supermercado. Además, para competir con los minimarket.

También han innovado en incorporar algunas variedades extra de panes, como los integrales y con semillas. Esto, para responder a los nuevos gustos. “Antes se vendían panes con chicharrones, ahora ello no sucede en ningún caso”.

El pan batido se lleva entre el 60% y 70% de las preferencias del público. Y del total de la venta de pan, el 50% aproximadamente va a reparto.

El horario que tienen hoy es de 06:30 a 20:00 horas. Y esto también ha sido un cambio. “Desde el estallido social y luego con la pandemia, tuvimos que acortar. Por temas de seguridad y falta de locomoción, las personas se van antes a sus casas. Y como estamos en un barrio comercial, ya a las 19:00 horas son las últimas ventas. A las 20:00 ya no anda nadie. Antes, al contrario, hasta las 21:00 se vendía muy bien”.

Hoy se vende más en las mañanas. Antes, a la salida del trabajo. “Con el aumento de las ventas para el desayuno se ha compensado un poco lo que se perdió al final del día. Pero definitivamente hay un porcentaje que nunca se recuperó”.

Esto les ha implicado modificar los horarios de producción. “También fue un desafío la reapertura post pandemia. De un día para otro abrieron las universidades, las empresas. Pero uno no puede tomar decisiones a largo plazo, porque vivimos con mucha falta de certezas y temor de irnos a cuarentenas. Afortunadamente parece que esto se está normalizando y podremos trabajar con más tranquilidad”.

Finalmente le preguntamos a María Luisa si echa de menos ejercer su profesión en otras empresas. Nos dice que trabajar en lo propio tiene muchas ventajas. “Si bien nunca te desconectas, uno puede disponer de su tiempo. Este trabajo tiene muchas responsabilidades, pero también muchas ventajas. Además está el compromiso emocional de seguir con algo que crearon tus padres, que te dio todo y que los clientes valoran mucho cada día”.

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