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Los exitosos industriales detrás de las panaderías El Bosque y Baquedano




Repasamos la historia del matrimonio gallego conformado por Antonio Fernández e Isabel Vásquez, quienes llegaron hace 65 años a Chile. Con mucho esfuerzo lograron tener dos panaderías: El Bosque y Baquedano. Hoy viven de los arriendos de ambas industrias, más unidos que nunca y felices porque una de ellas está en manos de la familia.



Hace ya 91 años y con pocos meses de diferencia, nacieron en La Peroxa, municipio de la provincia de Orense, en Galicia, Antonio Fernández Quiroga e Isabel Vásquez Fernández. Ambos eran parientes lejanos, pero se conocieron desde niños.

Al crecer, los dos se dedicaron a lo que se estilaba en la zona: La agricultura. Y con el paso del tiempo, surgió el amor entre ambos. Se casaron en 1956 y 2 años después, con dinero prestado para los pasajes, se embarcaron hacia Chile.

Como muchos, venían a trabajar a la panadería de un pariente. El viaje les pareció grato, ya que pudieron bajarse en varios países donde hicieron paradas. Pasaron por el Canal de Panamá, lo que impactó mucho a don Antonio. No imaginaba que existiese un mecanismo que permitiera avanzar al barco, como subiendo y bajando peldaños de agua.

A casi un mes de su partida desembarcaron en Valparaíso junto a un hermano menor de don Antonio. Los esperaban sus familiares...

A doña Isabel no le gustó Valparaíso, con esas casas frágilmente instaladas en los cerros. Pero sí le gustó Viña del Mar. Tras un almuerzo de bienvenida, los llevaron a la capital, hasta la panadería de don José Fernández, un pariente lejano. Allí ya se estaban desempeñando otros primos; Jesús y Eloi Fernández.

José Fernández ya contaba con unos 14 locales, así que fueron llegando otros primos (Pedro, Aníbal, Manolo y Javiera). A los 27 años, don Antonio y su señora comenzaron a trabajar y vivir en la panadería Santiago, ubicada en el barrio Diez de Julio. Él como mayordomo y ella en el salón de ventas.

Recuerdan que les llamó la atención “las niñas bonitas” de la calle San Camilo, que iban a la fuente de soda que estaba al lado. Pese a ello, ambos se adaptaron de inmediato. Él, como persona de confianza estaba a cargo de contar los panes del despacho, ya que en esos años éste se vendía por unidad. Con el paso de los años aprendió a hacer pan y todas las labores de producción y reparto.



Su hermano menor, Manolo, que llegó de 14 años, no se acostumbró y en cuanto pudo retornó a España, donde formó familia y aún vive. Ellos, en cambio, estuvieron 20 años sin poder viajar, lapso en el que fallecieron muchos parientes. Por ejemplo, el padre de don Antonio. Y cuando se disponían a viajar, murió su madre. Al día siguiente (una semana antes de lo planeado), viajó para abrazar a su mamá antes de que cerraran el féretro.

Para Doña Isabel también venirse tuvo ese costo. Y en su caso fue casi inmediato, ya que su madre falleció mientras estaba en el barco. Ella lo presintió en un sueño. Y al mes de llegar, recibieron una carta que lo confirmaba. Pero afortunadamente alcanzó a ver a su padre antes de morir.



CAMBIOS

Volviendo al tema laboral, don Antonio nos relata que estuvieron 10 años en la panadería Santiago. Después los enviaron a la panadería Barea de su primo Eloi Fernández, en calle Carmen Lidia, en Quinta Normal. Según recuerda, alguien le dijo que conducir un taxi era un muy buen negocio. Entonces se compró un auto, pero no le fue bien.

En ese tiempo Aníbal Fernández, su hermano, se casó con una sobrina de don Rafael Castaño. A él le dio una trombosis y por esos días un primo le pidió que lo llevara en el taxi para ir a verlo. En ese momento le sugirieron hacerse cargo de una panadería que se iba a abrir en Gran Avenida, ya que por temas de salud era imposible para el dueño asumir esa responsabilidad.

Era una panadería nueva que recién se había edificado, llamada San Rafael. Se fueron para allá y vivieron juntos. De alguna manera don Rafael y su esposa Clarita, fueron los padres que tuvieron en Chile.

Permanecieron allí entre 4 y 5 años. Y sus patrones acogieron a su primera hija, tal y como si fuera su nieta. Fue esta abuela postiza quien enseñó a doña Isabel varios secretos para el cuidado de los niños. Además, la acompañó para soportar los dolores de parto de su segundo hijo, que fue un varón.

Con el dinero que habían ahorrado compraron su primera panadería, la Baquedano, ubicada en la Cisterna. Era los años en que el presidente del país era Eduardo Frei Montalva. Era pequeñita, como una amasandería, pero poco a poco fueron comprando las propiedades colindantes, hasta armar un gran local. En ese tiempo nació su hija menor, María Isabel.

En los años del gobierno de la Unidad Popular, como todos enfrentaron los problemas de los racionamientos y las colas de sus clientes para comprar pan. Dicen que algunos dormían en la noche haciendo la fila para asegurar el producto. Doña Isabel supervisaba la venta para evitar conflictos entre los clientes, ya que muchos perdían la paciencia, a pesar de que les daban un número. “Era más fácil para una mujer resolver eso, ya que con un hombre se podían enfrentar”, recuerdan.

En ese tiempo arrendaron una casa para que vivieran los trabajadores que venían de provincia y un sitio para las caballerizas. En el año 1981 compraron la segunda panadería: El Bosque. Era pequeñita también. En el día trabajaba allá y por la tarde noche volvína a la Baquedano, donde tenían casa y trabajaba la familia.

Una vez que construyó la casa junto a la panadería El Bosque, todos se trasladaron para allá. Fue una casa hermosa, en que mandaron a diseñar varios muebles y espacios. Además, doña Isabel logró tener un bello jardín, con muchas plantas y flores.

Con el paso del tiempo y cuando tenía como 77 años, don Antonio se retiró de la panadería y la arrendó a un familiar. Pero no resultó muy buena la experiencia. Así que por un año la cerró. En ese lapso apareció en sus vidas Carlos San Martín Soto, quien recientemente había retornado a Chile, tras 13 años de exitosa vida laboral en España.

Él buscaba algún negocio para emprender y supo que la panadería se arrendaba. Cuando la tomó tenía sólo las maquinarias y él no sabía nada del rubro. Pero don Antonio lo apoyó en todo. Abrió en agosto de 2012. “Él me enseñó para qué servía una cosa y para qué servía la otra. Contraté un panadero que me cobraba una barbaridad, pero yo pensaba que estaba bien porque no tenía idea”, comenta Carlos. Pero superó esa etapa compleja con esfuerzo y, en el intertanto, conoció y se enamoró de la hija menor de don Antonio. Y tuvieron una niña que les llenó la vida a sus abuelos.

Ellos ya estaban retirados y viajaban casi anualmente a España, donde tenían algunos familiares y propiedades. De vuelta de su último viaje, hace 6 años, Carlos y María Isabel no los llevaron a su casa junto a la panadería, sino que, a un moderno y lujoso departamento en Vitacura, que habían comprado para vivir y para que su hija tuviera acceso a buenos jardines y colegios. Les dijeron que era su casa. Tenían ya algunas cosas y sus espacios propios. Así que, desde esa fecha, están viviendo allá.

Su esfuerzo les dio la posibilidad de tener una sociedad inmobiliaria, en la que están ambas panaderías y otras propiedades, todas arrendadas, que les permiten tener una situación cómoda. Además, están las ya mencionadas propiedades en España. Y hace poco, doña Isabel recibió una llamada desde la madre patria, donde le informaban que iba a heredar los bienes de su sobrino fallecido.

Ambos hoy disfrutan a su nieta Isadora. Don Antonio gusta de irla a buscar al jardín y duerme la siesta junto a ella. Se mantiene muy activo, porque hasta hace ejercicio en una bicicleta estática. Su esposa, sobreviviente de un cáncer, se encuentra muy bien en la actualidad. Dicen que están felices de la vida que han tenido y de todo lo que han logrado.


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