Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG.
A la hora en que las cocinas empiezan a oler a mantequilla caliente y café recién hecho, María José Cordero ya ha recorrido más de media ciudad. A veces en metro, otras en bicicleta, siempre con las manos ocupadas: una caja de dulces para una clienta, un cuaderno de notas, un delantal que se resiste al olvido.
Tiene 29 años y habla con la cadencia suave del sur de Santiago y vive en Barcelona desde hace poco más de dos años. Allí hace lo que sabe hacer desde niña: cocinar, resistir, aprender. Nos comenta que proximamente se viene una nueva aventura; el destino, Miami.
La suya es una historia tejida en las orillas de la cocina, donde el oficio convive con los afectos y el trabajo es, muchas veces, la única forma de avanzar. Donde las niñas miran a los grandes, a sus mentores y ese sin duda es el anecdotario de esta profesional de la harina.
Nació en Maipú, hija de una madre trabajadora, creció entre tazas con leche y hornos que no recuerda que se apagaran. Cuando tenía apenas diez años, pasaba horas observando a Virginia —la mujer que la acompañó desde que era una novel soñadora— preparar almuerzos para la familia. Allí, entre papas sin piel y cazuelas humeantes, descubrió que la cocina podía ser mucho más que un lugar de paso. Un refugio.

A los trece años hacía bombones de chocolate que vendía en el colegio. A los catorce, horneaba galletas para Navidad y a los quince, ya tenía claro que la cocina no sería solo un hobby de fin de semana. No había chef en la televisión que no quisiera imitar, ni receta que no intentara reproducir. El horno era su manera de estar en el mundo, su lenguaje.
“Mi mamá se dio cuenta antes que yo”, cuenta ahora, desde su pequeño piso en el barrio de Sants. “Fue ella quien me llevó a buscar escuelas de cocina. Quería que estudiara algo que me hiciera feliz, no solo algo que me diera de comer”. Así llegó al Instituto Culinary, en Lo Barnechea. Allí conoció a Milena Vallejos, profesora exigente y sensible que la marcó para siempre. Fue ella quien le enseñó que cocinar no es solo técnica, sino también mirada. Que un pastel puede contener una historia. Que la mantequilla también tiene memoria.
Pero las historias de cocina rara vez se cuecen sin sobresaltos. Durante sus años de formación, María José combinó estudios con trabajo en pastelerías, catering y restaurantes. Aprendió lo que no enseñan los libros: la presión del servicio, las jornadas de doce horas, el sabor agridulce del cansancio. A los 26 años, tras una serie de proyectos en Chile, tomó una decisión que cambiaría su vida: hacer las maletas y cruzar el Atlántico.
Llegó a Barcelona con una beca para estudiar alta pastelería. Había dejado todo atrás: su taller, sus clientas, su madre. Empezó desde cero. Durante un año, combinó las clases en Culinary Hub con turnos de trabajo en Brunells, una de las pastelerías más emblemáticas de la ciudad. “Era como vivir dos vidas en una”, recuerda. “Por las mañanas estudiaba, por las tardes trabajaba, por las noches lloraba en silencio. No conocía a nadie. No tenía tiempo para nada. Pero tampoco podía parar”.

El cuerpo aguantaba, pero la mente no tanto. Poco a poco, fue cayendo en una tristeza muda, espesa, que tardó en reconocer como depresión. “No quería contarle a mi mamá. Sentía que si lo decía en voz alta, todo se venía abajo”. Fue en terapia donde encontró un respiro. Allí aprendió que cuidarse también es parte del oficio. Que hablar de salud mental no es debilidad, sino una forma de dignidad. Y que hay que aprender a pedir ayuda sin sentir culpa.
Ahora, cuando entra a una cocina profesional, ya no lo hace con miedo. Lo hace con respeto. Ha pasado por restaurantes como Nub, en Tenerife —donde trabajó junto a Fernanda Fuentes—, y por el prestigioso «Disfrutar», uno de los mejores del mundo según la lista The World’s 50 Best Restaurants. Conoce perfectamente lo que significa montar un servicio con precisión quirúrgica. Sabe con lujos de detalles lo que es quemarse las manos y seguir avanzando, moviéndose, así como lo hace con su bicicleta por una de las ciudades más cosmopolitas del planeta, tiene medido con lujo de detalles lo que es ser mujer, latina, joven, en una industria que todavía mira con lupa a quien no encaja en sus moldes.
Pero también sabe de amor. En Barcelona conoció a Pasquale, cocinero italiano, compañero de fatigas y alegrías. Con él comparte no solo la cocina, sino el día a día: facturas, sobremesas, proyectos a medio hacer. “Estamos lejos de nuestras familias, pero estamos juntos. Eso es lo que nos sostiene”, dice.
María José no tiene vitrinas lujosas ni un equipo de marketing detrás. No busca likes, busca impacto. Trabaja por encargos, participa en eventos, da clases, investiga, inventa. Sueña con abrir su propio taller algún día. De momento, sigue amasando su historia con las manos limpias y la cabeza llena de ideas.
Cada vez que prepara una torta, recuerda a su mamá batiendo a mano en la cocina de Maipú. Cada vez que decora un pastel, piensa en Virginia cortando pan al amanecer. En cada capa de bizcocho, hay algo de nostalgia. En cada cobertura, un gesto de gratitud. Porque hay vidas que se construyen con palabras. La suya se escribe con harina.

