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A la memoria de Ruperto Pérez Peña: una historia de pan, trabajo y familia

Sus orígenes parten del sueño de su padre. Carlos Pérez creció entre hornos a leña, sacos de harina y madrugadas de trabajo. Hoy, junto a sus hermanos, mantiene vivo el legado de don Ruperto Pérez: un proyecto familiar construido con esfuerzo, memoria y la convicción de que el pan también se hace con historia.

Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG.

Entrar a la oficina de Carlos Pérez es acceder a la historia de una familia que ha vivido siempre entre harina, hornos, madrugadas y motores. Un espacio de trabajo, donde las decisiones del día conviven con décadas de memoria panadera, resumiendo una trayectoria marcada por el esfuerzo, la herencia familiar y la convicción de que el trabajo es la base de todo.

Carlos Pérez Aliste es uno de los socios de Pan 6 y, como él señala, “hace de todo”. En la empresa trabajan casi todos los hermanos: cinco en total, aunque uno de ellos siguió su propio camino en otra marca. Aun así, el proyecto familiar continúa un mismo origen y una misma inspiración, ligada al sueño que alguna vez imaginó su padre, don Ruperto Pérez Peña.

Para Carlos, hablar de su padre no es solo recordar una figura de su historia, con los bemoles propios de los padres del pasado, sino que implica reconocer una presencia permanente en su vida, en sus recuerdos y en aquellas preguntas que pueden existir. “Las personas mueren cuando uno las deja de recordar”, dice. Y en su caso, ese recuerdo sigue vivo en cada jornada de trabajo.

Es acá donde en este relato aparece el origen de un sueño, uno que tenía entre ceja y ceja don Ruperto Pérez, quien fue administrador durante años en la panadería Romagno Campeny, una experiencia que marcaría profundamente su vida. Según recuerda Pérez, el dueño del negocio lo trataba como si fuera parte de la familia, con una confianza que terminó despertando una idea mayor; la de levantar su propio camino en el rubro.

Ese sueño comenzó primero con la participación en otra empresa del sector. Pero con cinco hijos creciendo en un entorno marcado por la panadería, el proyecto familiar tomó un nuevo rumbo. “Él decía: ‘¿Qué hacemos con los otros tres que quedan?’”, recuerda Carlos. De esa inquietud nació la idea de levantar un negocio propio, una iniciativa que con los años se transformaría en Pan 6.

La relación de los hermanos con el rubro no fue casual. Crecieron literalmente dentro de una panadería, viendo el trabajo diario de los maestros panaderos, el movimiento del reparto y las largas jornadas que exigía el oficio. “Nosotros nacimos en la panadería”, cuenta Carlos. “Crecimos viendo la masa, viendo a los panaderos trabajar, viendo el sacrificio que implicaba hacer pan en esos años”.

En los días de lluvia, por ejemplo, el trabajo se volvía particularmente duro. Los panaderos debían alimentar el fuego bajo el agua, muchas veces cubriéndose apenas con un saco para resistir el clima mientras mantenían el horno en funcionamiento.

“Era sacrificada la panadería en ese tiempo”, recuerda. Pero también era un espacio lleno de vida, donde los niños encontraban momentos de juego entre las tareas del día. “A veces quedaba masa y hacíamos guerras de masa entre nosotros”, dice sonriendo.

Esos recuerdos, aparentemente simples, terminaron construyendo un vínculo profundo con el oficio. “Uno creció en la panadería y por eso ama tanto este rubro”, afirma.

El legado del trabajo

Si hay una enseñanza que Carlos identifica con claridad en la figura de su padre, es la cultura del trabajo. Don Ruperto no sólo administraba la panadería durante el día, sino que muchas veces continuaba trabajando después. “Mi papá siempre decía que había que trabajar, trabajar y actuar bien, porque todo vuelve”, recuerda. 

Ese principio marcó la vida familiar. Incluso, como anécdota nos cuenta que su padre, en más de una ocasión, después de terminar su jornada en la panadería, salía a conducir taxi por la ciudad. No lo hacía por obligación, sino porque sentía una profunda afinidad con el trabajo constante. Al regresar a casa, muchas veces llegaba con pasteles o algún regalo para la familia.

Ese ejemplo quedó grabado en sus hijos. “Era un hombre de trabajo, de trabajo y más trabajo”, dice Carlos. Y ese espíritu sigue presente hoy en la forma en que la familia dirige el negocio. Y como toda historia viene de la mano con cambios, en este sentido, la transformación del oficio lo es también. Con el paso de los años, la panadería ha cambiado profundamente. Carlos ha sido testigo directo de esa transformación.

En el pasado, prácticamente todo el proceso se realizaba a mano. Hoy, en cambio, gran parte del trabajo está mecanizado. Las máquinas han reemplazado muchas de las labores físicas que antes requerían varias personas.

El propio Carlos recuerda una anécdota que ilustra bien ese cambio. Hace unos quince años llegó a trabajar a la panadería un maestro panadero peruano. En su país estaba acostumbrado a producir cantidades mucho menores de masa al día.

Cuando le explicaron el volumen de producción que debía realizar en Chile, pensó que la jornada sería interminable. Sin embargo, gracias a la maquinaria disponible, el trabajo se completó mucho más rápido de lo que imaginaba. “La panadería hoy está mucho más industrializada”, explica Carlos. “Antes necesitábamos cuatro personas para cocer el pan. Hoy basta una”.

Un modelo de negocio distinto

A diferencia de muchas panaderías tradicionales, Pan 6 no funciona con un salón de venta abierto al público. Su modelo se basa principalmente en la producción y distribución de pan para otros negocios.

Gran parte del trabajo consiste en abastecer almacenes de barrio, un mercado que, según Carlos, sigue siendo el corazón del negocio. “Los negocios de barrio son nuestra base”, explica. “A ellos les debemos mucho y tratamos de entregarles siempre el mejor pan posible”.

La empresa también ha trabajado con programas asociados a la alimentación escolar, lo que implicó un proceso de modernización y adaptación a nuevas normas sanitarias. Las fiscalizaciones, auditorías y exigencias de higiene han elevado los estándares del sector. Elementos que antes no existían, como el uso obligatorio de cofia o uniformes completos, hoy forman parte de la rutina diaria. “Esos cambios nos han ayudado a ser mejores”, reconoce.

Familia, legado y nuevas competencias

El mundo del pan en la familia Pérez no se limita a una sola empresa. Algunos de los hermanos participan también en otras marcas del rubro, lo que ha generado una dinámica particular: competencia dentro de la propia familia.

Carlos lo explica con franqueza. Aunque existen rivalidades comerciales, el vínculo familiar sigue siendo fuerte. “Somos competencia, pero también somos familia”, dice. “A veces se nos olvida eso, pero siempre tratamos de mantener la armonía”.

Para él, el mercado es lo suficientemente amplio para todos. Lo importante, asegura, es trabajar bien y salir a buscar oportunidades.

La historia personal de Carlos dentro de la panadería comenzó desde abajo. Literalmente.

Cuando era niño, una de sus primeras tareas fue barrer el local. Lo hacía más por iniciativa propia que por obligación: quería ganar su propio dinero. Más adelante trabajó en el despacho, luego en el reparto y con el tiempo asumió mayores responsabilidades dentro del negocio.

Su vida cambió temprano. A los 18 años fue padre, lo que lo obligó a asumir responsabilidades rápidamente. “Ahí tuve que salir a la calle a ganarse el sustento”, recuerda. Esa experiencia terminó consolidando su vínculo definitivo con el rubro.

Crecimiento y nuevos proyectos

El crecimiento del negocio ha llevado a la familia a proyectar una tercera planta de producción. La idea no es solo expandirse, sino también aliviar la carga de trabajo de las instalaciones actuales.

Hoy la empresa cuenta con panaderías en San Bernardo y El Bosque, zonas que no fueron elegidas al azar. Allí crecieron los hermanos Pérez y allí también conocen el mercado. “Nacimos y crecimos en San Bernardo”, explica Carlos. “Nos sentimos cómodos trabajando en este sector”.

Cuando se le pregunta por su preparación favorita en marraqueta, Carlos no duda demasiado. Prefiere algo simple: pan tostado, mantequilla y mermelada. Una combinación clásica que, según él, sigue siendo insuperable.

Al final de la conversación, el recuerdo vuelve inevitablemente a la figura de su padre.

Don Ruperto llegó a Santiago siendo apenas un adolescente, con solo 13 años. Desde entonces comenzó a construir una vida marcada por el esfuerzo y el trabajo constante.

Hoy, décadas después, sus hijos continúan desarrollando ese sueño.

Para Carlos, el mayor valor de ese camino no es económico. Es emocional. Siente que, de alguna manera, su padre sigue observando lo que ocurre en la panadería. Y esa idea lo acompaña todos los días. “Hacerlo sentir orgulloso es lo que me levanta cada mañana”, dice.

Porque más allá del crecimiento del negocio o de los nuevos proyectos, lo esencial sigue siendo lo mismo: honrar el sueño que comenzó hace más de 15 años entre hornos, harina y madrugadas. Tuercas y el amor a su manera, de don Ruperto Pérez.

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