Detrás de El Barquillero está Cristian Villagra, diseñador industrial y gráfico de 43 años que decidió transformar los sabores de su infancia en un emprendimiento gastronómico inspirado en la simpleza y el encanto de la repostería tradicional.
Aunque su formación profesional está ligada al diseño, su relación con la cocina nació mucho antes. La memoria familiar, especialmente ligada a su abuela y a su madre, marcó su vínculo con los alimentos hechos en casa. “En la casa de mi abuela se hacía manjar de campo con leche fresca, pan amasado en cocina a leña, mantequilla y quesos. Eran productos naturales, con ese sabor que hoy cuesta encontrar”, recuerda.
Su familia proviene de Panguipulli, donde la cocina casera y los ingredientes de temporada forman parte de la vida cotidiana. Esa tradición continuó en su hogar en Santiago, donde desde niño participaba junto a su hermana en la preparación de panes, queques y dulces.

De esa herencia nació la idea de crear un producto simple pero profundamente ligado a la tradición: barquillos rellenos.
El sello del emprendimiento se resume en su eslogan: “Frescos, crujientes y deliciosos”. Cada barquillo es preparado de forma artesanal y relleno principalmente con manjar blanco de campo, buscando rescatar el sabor más auténtico de este clásico dulce.
El barquillo tradicional es el protagonista del proyecto, aunque con el tiempo se han incorporado algunas variaciones, como versiones bañadas en chocolate bitter, rellenos con Nutella o presentaciones pensadas para niños, decoradas con pequeñas bolitas de colores.
La formación de Villagra como diseñador también influye en su propuesta. Para él, la estética es parte esencial de la experiencia gastronómica. “Todo entra por la vista. Siempre me ha gustado lo armónico y lo bonito. Quiero que mis productos, además de ricos, sean atractivos e inviten a probarlos”, comenta.
Su público principal está compuesto por personas entre 30 y 50 años que buscan sabores reconocibles y menos industrializados. La idea es ofrecer un producto que conecte con la memoria: “Es como cuando llueve y sentimos el olor a tierra mojada, que nos transporta a momentos que nos dan tranquilidad”.

Hoy el proyecto funciona con producción diaria para asegurar frescura y con el apoyo de su hermana en algunos momentos de mayor demanda. Su proyección es crecer de manera natural, sin perder el espíritu artesanal.
En tiempos donde la repostería tiende a sofisticarse, El Barquillero apuesta por lo esencial: ingredientes simples, tradición familiar y un sabor que sigue evocando recuerdos.
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Instagram: @ElBarquillero.Chile
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