Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG
En los muros de la Casa de Acogida Buenos Tiempos de San Bernardo, el gremio panadero y el Hogar de Cristo sellan una alianza que transforma un alimento básico en un acto de justicia social, devolviendo el sentido de pertenencia a quienes alguna vez lo perdieron todo.
El sol de diciembre en San Bernardo no tiene misericordia, pero al cruzar el umbral de la Casa de Acogida Buenos Tiempos, el aire cambia. Se vuelve denso, cargado de un aroma que cualquier chileno reconoce como el primer hogar: el olor al pan recién horneado que llega como mudo testigo de un desayuno digno.
No es un desayuno cualquiera; es la Navidad de 2025 que se adelanta para cerca de 40 hombres y mujeres que han hecho del desarraigo su única pertenencia. Allí, sentados a una mesa larga que ignora las jerarquías, el “corazón de los panaderos” late al mismo ritmo que los recuerdos de quienes lo han perdido casi todo.
En los muros de la casa, el arte parece montar una guardia silenciosa. Un cuadro de Joan Miró de mayo de 1968 estalla en colores rebeldes, recordándonos que la dignidad es una lucha que no prescribe.
A su lado, la geometría de Paul Klee en “Duedromedari e un asino” ofrece un orden fantástico, mientras que una fotografía del Tío Lalo Parra observa la escena con la picardía de quien sabe que la vida es una cueca larga, a veces triste, pero siempre justa. Bajo esa mirada de patrimonio y pintura, el desayuno se convierte en un acto de justicia poética y bien lo sabe uno de los recidente, quien sentado en un sillón, observa el transitar de gente que imaginamos, le es desconocida.
Entre los comensales destaca la figura de Raúl. Sus manos, que hoy sostienen con delicadeza un trozo de pan de pascua, son las mismas que alguna vez desafiaron la gravedad. Raúl fue maestro jornalero; sus pies caminaron los andamios de la Torre Entel cuando Santiago apenas soñaba con ser una metrópolis de altura.
Es paradójico y punzante: el hombre que ayudó a construir el faro de las comunicaciones de Chile terminó sentado y viendo cómo su propia vida se iba apagando en el silencio de la calle. Su relato no busca lástima, sino reconocimiento. Al escucharlo, uno entiende que el desarraigo no es solo la falta de un techo, sino el olvido de los nombres propios.
Jéssica Aguilera, psicóloga y jefa de programa social, se mueve entre las mesas con la agilidad de quien conoce cada historia de abandono.
Explica que San Bernardo es una de las comunas que concentra mayor población en situación de calle en el país, y que en ese contexto, la colaboración del rubro panadero no es un simple aporte, sino una columna vertebral.
Para Jéssica, el trabajo diario de la Panadería La Floresta e Indupan es lo que permite que el concepto de “hogar” sea real. Cada día, los voluntarios retiran el pan que alimentará a los residentes de las casas de acogida y a los adultos mayores del programa.
“El pan es sagrado para ellos; es un bien que reclaman y exigen porque los devuelve a la mesa, al centro de la vida social”, señala Jéssica. No es solo nutrición; es la garantía de que la sociedad no les ha dado la espalda.
Juan Mendiburu, presidente de Indupan, no llegó como una visita ilustre, sino como un par que entiende que su oficio es, esencialmente, un servicio público de afecto. El presidente de Indupan AG. habla de la sensibilidad de estas fechas y de la importancia de la unión.
Para el gremio, estar presentes en San Bernardo es validar que la industria del pan es patrimonio vivo, una red que sostiene el tejido social allí donde el Estado a veces no llega.
El compromiso de las panaderías, que regalan desde la marraqueta diaria hasta las tortas de cumpleaños para los residentes, es una forma de “hacer con otros”, de dignificar la alimentación con un producto que llega caliente y crujiente, como un abrazo tangible.
Al final de la jornada, queda la sensación de que la Casa de Acogida es un laboratorio de humanidad. Mientras el Tío Lalo sigue sonriendo desde su marco y los colores de Miró mantienen su grito de libertad, Raúl y sus compañeros terminan su desayuno. El rubro panadero ha demostrado hoy que su labor va mucho más allá de amasar harina: su verdadera maestría está en amasar esperanza.
En este rincón de San Bernardo, la asociatividad no es un concepto técnico, sino el milagro de compartir el pan y la palabra, demostrando que aunque la vida se apague por fuera, siempre puede haber un fogón encendido esperando por nosotros.

