Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG.
Sentados en un café en el sector de Sucre con Pedro de Valdivia, se encuentra el taller de Tortas Full Chocolate. Imagino que el aire de ese taller huele a chocolate templado. En esa esquina, las batidoras reposan junto a bandejas de las mezclas, allí trabaja Alejandra Balieiro, kinesiologa, pastelera, emprendedora y creadora de Tortas Full Chocolate, un proyecto que nació más como una necesidad emocional que como un plan de negocios.
Durante años ayudó a sus pacientes a recuperar movilidad, autoestima y mejorar la calidad de vida; hoy hace lo mismo a través de sus productos y sabores que no han dejado indiferentes a casi cerca de 17.000 seguidores que observan en su instagram, @ale_balieiro como nesta profesional cambió su manera de encantar a las personas. Y claro, porque tenía consulta, pacientes y una vida ordenada, hasta que la cocina empezó a infiltrarse en sus horas libres. Primero fueron tortas para amigos, luego para cumpleaños, y sin darse cuenta, el chocolate comenzó a reclamar un espacio propio.

“Siempre fui una mujer empoderada, pero igual me daba miedo”, recuerda. “Llega un punto en que tienes que decidir, te quedas con lo seguro, o apuestas por lo que te hace feliz. Y me fui por esto”, rememora para luego beber un poco del humeante café.
La decisión no fue fácil. Empezó desde cero, sin capital y con más intuición que estrategia. Compraba de a poco, producía en casa y ofrecía sus tortas entre conocidos. Con el tiempo, el boca a boca se convirtió en su mejor vitrina.
Hoy, Tortas Full Chocolate es una marca reconocida en cafeterías y restaurantes por su propuesta versátil, una base congelada, sin gluten y de sabor intenso, que permiten adaptaciones según cada cliente. “Es un producto práctico, pero también tiene alma”, dice. “Detrás de cada torta hay trabajo, ensayo, error y mucho cariño”.
El taller donde opera su empresa fue construido con la ayuda de su padre, que recicló un contenedor marítimo para levantarle un espacio propio. Su hermano, ingeniero, la anima a pensar en grande. “Siempre me dice que si la demanda se multiplica, es un happy problem”, cuenta riendo. “Y claro, tiene razón. Pero uno, que viene del control absoluto, igual se asusta. Emprender es eso, lanzarte aunque no veas el suelo”.

Alejandra ha aprendido que en la pastelería —como en la vida— los tropiezos son parte del oficio. Recuerda, por ejemplo, su paso por un programa de selección de proveedores de Walmart. “Fue un golpe duro”, admite pero como es su contante, busca inmediatamente el lado feliz de las cosas, “Pensé que sería mi salto, pero no resultó. Me cuestioné todo, incluso si debía seguir. Pero justo cuando estás a punto de rendirte, aparece alguien que te recuerda por qué empezaste: una clienta agradecida, un pedido inesperado, un mensaje bonito. Esas cosas te sostienen”, advierte.
A lo largo del camino ha entendido que no basta con un buen producto. También hay que construir relaciones, cuidar a la clientela y mantener una comunicación cercana. “Yo respondo cada mensaje, cada duda”, dice. “Podría automatizar eso, pero no quiero. Me gusta esa conversación directa, esa conexión. Cuando hay un problema, doy la cara. Y eso la gente lo valora. No es solo por la torta, es por cómo la haces sentir”.
Esa cercanía ha creado una comunidad en torno a Full Chocolate. Hay clientas que la acompañan desde sus inicios, que la recomiendan sin esperar nada a cambio. “Me dicen ‘Ale, gracias por preocuparte’, y eso me emociona. Porque sé que no solo valoran el sabor, sino la confianza. Eso no se compra ni se copia. Se construye”.
Su mirada sobre el emprendimiento femenino también tiene peso. Alejandra pertenece a esa generación de mujeres que decidieron no esperar el momento perfecto para lanzarse y esperar que las cosas ocurran, ella es frontal, directa, tiene una voz potente, un tanto ronca, que genera confianza, empatía y agradecimiento por su trabajo. “A veces no hay plan, hay impulso. Y ese impulso puede cambiarte la vida”, reflexiona.
En su caso, encontró además un ecosistema de apoyo: fondos públicos, programas de mentoría, y el respaldo de instituciones como SERCOTEC, que promueven la capacitación y la formalización del rubro. “Todo eso te ayuda a no sentirte sola. Y si ya existen esos caminos, hay que aprovecharlos. No tiene sentido tropezar en las mismas piedras que otras ya sortearon”.
Hoy, su taller se ha convertido en un punto de encuentro entre pasión, disciplina y oficio. Allí experimenta con nuevos sabores —como una torta de papaya inspirada en su natal Serena—, aunque confiesa que Santiago la ha cautivado por su movimiento, por las condiciones para emprender y porque encoentró la perfección en sus procesos con una mirada profesional. “El desafío es crecer sin perder la esencia”, dice. “No quiero convertirme en una fábrica. Quiero seguir sintiendo que cada torta tiene algo mío”.
Alejandra no busca ser famosa ni abrir franquicias; su ambición va por otro lado. Le interesa el reconocimiento del trabajo bien hecho, el valor de la dedicación y el respeto por la artesanía pastelera. Porque al final, como dice, “una torta no solo se come, se comparte. Lleva historia, lleva emoción”.

Su historia resume el espíritu de una nueva generación de pasteleras chilenas que están reescribiendo el mapa de la repostería nacional: más humanas, más conscientes, más valientes. En ellas, el oficio deja de ser solo un medio para ganarse la vida y se convierte en una forma de expresión, un espacio de libertad y, sobre todo, un acto de fe en el propio talento.
Y todo este trabajo acompañada por su familia, sus hermanos, su padre y el tesoro más importante, su hija de ocho años que es, y a mucha «chocería» de su madre, la generadora de los contenidos más entretenidos que tiene su cuenta de instagram.
De seguro, hoy, mañana y siempre, en ese taller ubicado en Simón Bolivar con Pedro de Valdivia, el chocolate volverá a fundirse como el protagonista de una torta. En ese taller, el aroma se mezclará con el conversar de las batidoras y con la serenidad de quien ha aprendido que la dulzura no está solo en el producto, sino también en el camino que lo hace posible. Así como los “Happy Problem” que la tienen sin cuidado y feliz de sortearlos.

