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Neruda’s Brunswick: la embajada de los abrazos en Australia

Desde un pequeño local en Melbourne, un chileno decidió tender un puente entre Sudamérica y Oceanía a través de la comida, la música y la memoria. Hoy, Neruda’s Brunswick es más que un café: es un refugio cultural donde los acentos se mezclan y el pastel de choclo se sirve con nostalgia y orgullo.

Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG.

En un rincón del suburbio de Brunswick, en Melbourne, hay un aroma que se parece al hogar. Huele a cebolla dorada, merquén y pan recién salido del horno. Quien cruza la puerta de Neruda’s Brunswick no entra solo a un café, ingresa a una esquina viva de Sudamérica, donde los acentos de distintos países se entrelazan y la conversación fluye entre un mate y un espresso.

Su creador, Gus Vargas, un músico chileno que llegó a Australia con su familia a mediados de los años setenta, decidió un día transformar los recuerdos de su infancia en un proyecto que los contuviera a todos. “Mi madre fue una de las pioneras en la cocina chilena en Melbourne”, recuerda. “Crecí entre cazuelas, completos y canciones. Con el tiempo, supe que quería devolverle a esta ciudad algo de esa mezcla; la pasión, la comida, la calidez”.

Así nació Neruda’s Brunswick en febrero de 2016. El nombre, más que un homenaje al vate chileno premiado con el noble en el 1971, es una declaración de principios. “Si Neruda viviera en Australia, dice su fundador, elegiría Brunswick. Es un barrio habitado por artistas, músicos, poetas y soñadores. Por eso el apóstrofe: Neruda’s, el Brunswick de Neruda”.

Antes de su apertura, el proyecto ya despertaba curiosidad en redes sociales. Durante meses, el nombre circuló entre comunidades latinas y australianas, generando una expectación que se transformó en largas filas desde el primer día. Hoy, casi una década después, el lugar mantiene una valoración de 4.7 estrellas en Google y una clientela diversa, fiel y emocionada.

El menú es una carta abierta a nuestros olores y sabores de Sudamérica. Pastel de choclo, ceviche peruano, milanesas argentinas, arepas colombianas, feijoada brasileña, guisos bolivianos y chivitos uruguayos conviven en una misma mesa. Sin embargo, hay un hilo conductor: el sabor chileno. “El pastel de choclo es, lejos, el plato más pedido”, confiesa Gus Vargas. “Pero lo que más me gusta es ver cómo alguien prueba una empanada y me dice que le recuerda a su abuela”.

Conseguir los ingredientes adecuados no fue fácil. Muchos productos, como el helado de piña, las salchichas de completo o la mayonesa chilena, tuvieron que ser elaborados especialmente por proveedores locales siguiendo recetas tradicionales. Lo mismo ocurre con los postres. Las tortas, alfajores y dulces caseros que completan el viaje emocional del menú.

Y como en todo rincón latino, no podía faltar el pisco. “El noventa por ciento de nuestros cócteles lo lleva”, cuenta entre el anhelo del que sabe de esos sabores tan cercanos a nuestra región. Quizáas el poeta diría que de  esa alquimia nacen combinaciones únicas, como el Rocío Andino, la Señorita o el Chupacabras. Otros son versiones adaptadas con humor local. El Espresso Martini se rebautizó como El Preso Martínez, y el Smooth Operator ahora se llama El Mudo Pereira.

Pero lo que hace de Neruda’s Brunswick un lugar distinto no está solo en su carta. Está en su atmósfera. En las guitarras colgadas en la pared, en los cuadros de artistas latinoamericanos, en la mezcla de risas y canciones que llenan el aire. “La música y el arte son el corazón del Neruda’s, y la comida es la sangre”, resume su dueño.

El espacio se ha convertido en punto de encuentro para estudiantes, migrantes y viajeros de todo el continente. “Hay quienes vienen a tomar un café o un mate cuando extrañan su país; otros traen a sus amigos australianos para mostrarles algo de lo nuestro. Algunos incluso llegan antes de viajar a Sudamérica, como si este fuera el primer paso del viaje”, explica.

La historia de Neruda’s también es la historia de un crecimiento constante. Lo que comenzó como un pequeño local de 40 metros cuadrados, donde apenas cabían 20 personas, hoy ocupa más de 200 metros y puede recibir a decenas de clientes al mismo tiempo. Aun así, el espíritu del proyecto se mantiene intacto, ligado a lo que somos los chilenos y más aún, los que están fuera; familiar, acogedor, y profundamente latino.

“Emprender en cualquier parte del mundo es difícil, pero si confías en tu producto y trabajas duro, todo se puede”, reflexiona. “Mi sueño es dejar un legado. Que en unos años alguien diga: ‘En Melbourne vivió un loco que apostó por lo nuestro y tuvo la osadía de atender a todos en castellano’”.

Por eso, más que un restaurante, Neruda’s Brunswick es una embajada emocional. Un lugar donde el pastel de choclo se convierte en un acto de memoria, donde una sopaipilla puede ser un abrazo, y donde cada plato, servido con acento chileno, parece decir: hogar es donde tu corazón se siente feliz.

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