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La hoja de ruta para el 2026 o hacia dónde deben ir nuestros hornos

Por: Juan Mendiburu Azcarraga, Presidente de Indupan AG.

El cierre de 2025 nos ha dejado una lección clara: el aroma del pan recién salido del horno ya no es suficiente para asegurar la permanencia de nuestras panaderías. Estamos frente a una encrucijada histórica donde la tradición debe aliarse con la estrategia. El escenario que enfrentamos nos obliga a mirar el 2026 no como un periodo de continuidad, sino como el año de la “Panadería Inteligente”.

El último año ha sido una prueba de fuego para nuestro temple como industriales. Hemos navegado aguas complejas, donde la estabilidad de algunas materias primas se vio opacada por una crisis de costos invisibles. La energía y la logística han dejado de ser gastos secundarios para convertirse en factores determinantes de nuestra viabilidad.

Pero más allá de los costos, el desafío más profundo ha sido el humano. La retención de talento y la formación de nuevas generaciones de maestros panaderos se han vuelto prioridades estratégicas. Al mismo tiempo, el mapa de nuestras ciudades está cambiando; la panadería de barrio está mutando hacia formatos más ágiles y de “experiencia”, demostrando que el sector tiene una capacidad de adaptación envidiable, pero que requiere una brújula clara.

Para nuestro gremio, el 2026 debe cimentarse sobre tres pilares que transformarán nuestra identidad operativa. El primero es la Funcionalidad y Salud, puesto que debemos liderar la transición hacia panes enriquecidos, de “etiqueta limpia” y procesos de fermentación lenta. Si no somos nosotros quienes elevan el estándar nutricional, el terreno será ganado por productos industriales que no comparten nuestra historia ni nuestro compromiso con la frescura.

Como segundo punto creemos que es la sustentabilidad como valor de marca. La eficiencia energética y los Acuerdos de Producción Limpia deben dejar de verse como una carga administrativa. En 2026, la sostenibilidad será nuestra mejor carta de presentación ante un cliente que ya no solo busca buen sabor, sino también procesos éticos y responsables.

Finalmente, creemos que la panadería debe trabajar fuertemente con un Ecosistema Digital, donde la “panadería de barrio” debe ser capaz de convivir en el smartphone del vecino. La digitalización no es una amenaza a la calidez de nuestro servicio, es la herramienta necesaria para que nuestra cercanía física se traduzca en una ventaja competitiva real frente a las grandes cadenas.

El desafío más grande que nos aguarda es la asociatividad. Las presiones sobre la producción nacional de trigo y la volatilidad del mercado global nos exigen actuar como un solo cuerpo. Solo a través de un gremio cohesionado podremos negociar mejores condiciones, acceder a nuevas tecnologías y proteger el patrimonio que representa la marraqueta en la mesa chilena.

La panadería tradicional no está en retirada; está en plena transformación. El 2026 pertenecerá a aquellos que entiendan que hoy, además de maestros del oficio, debemos ser gestores de eficiencia, referentes en nutrición y estrategas del nuevo mercado. El futuro se amasa hoy, y lo hacemos juntos.

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