Por: Rafael Urra, Director ejecutivo de Indupan A.G.
En este 2026, la gastronomía local ha dejado de ser solo una herencia para convertirse en el motor de nuestra identidad y resiliencia cultural.
La cocina chilena refleja una historia viva; es la fotografía de nuestras transformaciones, donde convergen las tradiciones ancestrales con las influencias de las nuevas migraciones que han enriquecido nuestro paladar. En este escenario, la panadería artesana se mantiene como el eslabón fundamental de un patrimonio culinario que viaja entre generaciones.
Mantener la identidad de nuestra mesa es un desafío colectivo. Así como el mundo reconoce a Italia por su pasta o a Japón por su sushi, Chile ha consolidado a la marraqueta, el pan amasado, los dulces chilenos y nuestras icónicas sopaipillas como símbolos inconfundibles de nuestra esencia. Estos productos no son solo alimento; son hitos de nuestra industria que hoy, más que nunca, debemos proteger frente al avance de los ultraprocesados.
La misión actual no es solo fomentar el consumo, sino salvaguardar las técnicas de elaboración artesanal. El consumidor de 2026 es más consciente y exigente; busca calidad, trazabilidad y nutrición.
Por ello, el camino es combinar la pureza del oficio con toques de innovación sostenible. Al mejorar nuestros procesos y seleccionar ingredientes de proximidad, convertimos al pan en un alimento cada día más atractivo y funcional, capaz de enriquecer la experiencia culinaria cotidiana.
En este Mes de la Cocina Chilena, es imperativo unir fuerzas con todo el sector gastronómico. Debemos potenciar la sinergia entre el pan y platos emblemáticos como el pastel de choclo, la cazuela o el mote con huesillos.
Esta oferta integrada es irremplazable y constituye un pilar estratégico para el turismo y la proyección de la “Marca Chile” en el exterior. Un país que valora su cocina es un país que se posiciona con fuerza a nivel global.
Finalmente, debemos generar conciencia sobre los beneficios de la comida tradicional. Los atributos de nuestra cocina no solo definen la personalidad de la nación, sino que ofrecen una alternativa nutritiva y saludable frente a los productos importados de laboratorio.
Apostar por el pan de panadería y la cocina local es, en última instancia, una decisión política y económica: es apoyar el desarrollo de nuestros territorios y asegurar que la mesa chilena siga siendo el espacio donde se hornea nuestro futuro, acompañada de una marraqueta.

