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Nada se desecha, todo se transforma: la pizza como herencia popular

Este 9 de febrero, en el marco del Día Internacional de la Pizza, la cocina vuelve a ser un espacio de memoria, creatividad y conciencia. La celebración invita a recordar que la pizza, antes de convertirse en tendencia o fenómeno global, fue ingenio, adaptación y oficio.

Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG

Cada 9 de febrero, en el marco del Día Internacional de la Pizza, la cocina se transforma en un espacio de memoria, creatividad y reflexión. Más que un fenómeno global o una moda gastronómica, la pizza es el resultado de una necesidad: nació como una respuesta simple y eficaz para alimentar, aprovechar y compartir.

Sus orígenes se sitúan en el sur de Italia, especialmente en Nápoles, donde la pizza se elabora a partir de una masa básica de pan, aceite y los ingredientes disponibles del día. Era comida de puerto y de trabajadores, pensada para no desperdiciar y para resolver, con ingenio, la alimentación cotidiana.

Esa lógica viajó con los migrantes y encontró suelo fértil en Chile. La historia local de la pizza se remonta a 1938, cuando Ravera abrió sus puertas en el Portal Fernández Concha, frente a la Plaza de Armas de Santiago. Considerada la primera pizzería del país, ofrecía pizzas al corte, prácticas y accesibles, que combinaban recetas clásicas con sabores adaptados al gusto nacional. Ingredientes como el churrasco y el lomito se incorporaron tempranamente, marcando un sello propio y entendiendo la pizza como una preparación flexible y viva.

Durante las décadas de 1950 y 1960, la pizza dejó de ser una rareza asociada exclusivamente a la inmigración italiana para instalarse, de manera paulatina, en la mesa chilena. Aunque la oferta era acotada, comenzó a consolidarse como una comida cotidiana. En ese proceso, la adaptación volvió a ser clave: productos locales y combinaciones inesperadas encontraron espacio sin prejuicios, dando paso a una identidad reconocible.

En los años 80, la expansión de la comida para llevar terminó por integrarse definitivamente en la vida urbana. La pizza se volvió sinónimo de reuniones informales, fines de semana y encuentros deportivos. Incluso surgieron pequeños hitos tecnológicos, como el “guardapizza”, ese trípode de plástico pensado para proteger el queso durante el traslado, un detalle menor que refleja una costumbre ya instalada en el consumo cotidiano.

Desde los años 2000 en adelante, el escenario volvió a transformarse. Emergió un movimiento de pizzas artesanales y de autor que recuperó técnicas tradicionales y puso el foco en el oficio. Masas madre, fermentaciones largas, hornos de leña e ingredientes de mayor calidad marcaron una nueva etapa, donde proyectos como Tío Tomate demostraron que tradición e innovación pueden convivir sin conflicto.

Hoy, el mercado chileno ofrece una diversidad amplia y transversal. Grandes cadenas coexisten con propuestas barriales y cocinas de autor, reflejando una relación madura con este plato. No resulta extraño, entonces, que la pizza cuente con su propio Día Nacional, celebrado cada 10 de julio, una fecha que confirma su lugar como clásico gastronómico del país, más allá de cualquier origen comercial.

Sin embargo, la masividad también expone una contradicción. Según datos del Ministerio de Agricultura y Pesca de España, en ese país se desperdician más de 16 millones de kilos de pizza al año. La cifra interpela directamente el espíritu original de una receta creada, precisamente, para aprovechar y no desechar.

Volver a hacer pizza en casa aparece así como un gesto concreto para reconectar con su sentido inicial. Mirar el refrigerador como un aliado y no como un espacio de descarte es parte de ese ejercicio. En esa línea, iniciativas como Too Good To Go promueven una cocina más consciente, donde las sobras recuperan valor y significado.

Restos de carne, pollo o pescado pueden transformarse fácilmente en el centro de una pizza llena de carácter. Cortados en pequeños trozos y combinados con salsas simples, evocan la lógica original de usar lo que quedó del día anterior. Lo mismo ocurre con las verduras asadas o salteadas —calabacines, berenjenas, pimientos o champiñones— que recuperan textura y aroma con unos minutos de horno.

El uso de embutidos próximos a su consumo responde también a una práctica antigua. Jamón, chorizo o salami intensifican el sabor y refuerzan la idea de aprovechar antes de perder. Incluso la fruta ha tenido siempre un lugar posible sobre la masa: piña, higos, manzana o durazno aportan contraste y dulzor, recordando que la pizza ha sido, desde su origen, un territorio de libertad.

Celebrar la pizza no es solo encender el horno. Es comprender su historia, su capacidad de adaptación y su valor como símbolo de una cocina que transforma, respeta y comparte. Porque antes de ser tendencia, la pizza fue necesidad. Y en esa necesidad sigue encontrando su fuerza.

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