Por: Pablo Piwonka Carrasco, director Revista PanArte.
En un país diverso y cambiante como Chile, hay pocas cosas que logran cruzar todas las fronteras sociales, económicas y culturales. Una de ellas, quizás la más sencilla y poderosa, es el pan que desarrollamos día a día y su reina indiscutida. La marraqueta.
Crujiente por fuera, suave por dentro, inseparable de nuestras mesas y memorias, la marraqueta no es solo un alimento; es un símbolo de identidad nacional. Como gremio y bajo la difusión de nuestra querida revista PanArte, espacio que nace de los viejos panaderos para difundir y valorar nuestro oficio, creemos que ha llegado el momento de reconocerla formalmente como lo que ya es en el corazón de Chile, un patrimonio cultural inmaterial.
La marraqueta no nació ayer. Su historia se remonta a inicios del siglo XX, cuando panaderos de origen europeo, especialmente franceses y españoles, introdujeron una forma particular de pan batido que pronto fue adoptada, adaptada y perfeccionada por los obreros chilenos. Desde entonces, ha sido parte inseparable del desayuno popular, del sandwich callejero, del mariscal de caleta, del “pan con lo que haya”.
Se cuece en hornos de barro, en bandejas industriales, en panaderías familiares que llevan generaciones encendiendo el fuego a las 4 de la mañana, porque cada marraqueta que sale del horno contiene una historia de trabajo, técnica y dedicación. Pero creemos que su valor no ha sido suficientemente reconocido.
Vivimos tiempos donde lo patrimonial suele confundirse con lo monumental. Pero el verdadero patrimonio está también en lo cotidiano, en los saberes del oficio, en la receta transmitida de maestro a aprendiz, en el crujido del pan recién horneado que acompaña la conversación familiar. ¿Cómo no valorar un alimento que ha sido testigo y protagonista de la vida diaria de millones de chilenos?
Como gremio, levantamos la voz no solo para honrar una tradición, sino para advertir un riesgo. La marraqueta está en peligro de diluirse entre panes congelados, importados o ultra procesados que nada tienen que ver con nuestra cultura panadera. Las grandes cadenas han desplazado muchas veces al panadero de barrio, y las condiciones laborales de los artesanos del pan siguen al debe. Reconocer la marraqueta como patrimonio es también reivindicar el valor del oficio panadero, el trabajo invisible pero esencial que sustenta nuestra alimentación.
Hacemos un llamado a las autoridades culturales y patrimoniales, al Ministerio de las Culturas, a los municipios y a la ciudadanía. Impulsemos juntos una postulación formal de la marraqueta como Patrimonio Cultural Inmaterial de Chile. Protejamos sus métodos de elaboración, promovamos su consumo responsable, incentivemos el desarrollo de panaderías artesanales y dignifiquemos la labor de quienes la producen cada día.
La marraqueta es más que un pan. Es un lazo común, un ritual cotidiano, una herencia viva que debemos preservar y celebrar. No podemos permitir que este crujido, el de la marraqueta recién abierta, se transforme en un eco del pasado. Que siga sonando fuerte, como símbolo del Chile que somos y del que queremos construir.
Porque el pan que nos une, también nos representa y merece ser defendido.

