Entre la televisión, las cocinas y la exposición pública, Benjamín Nast Loyola encontró en su último libro, una nueva forma de entender la gastronomía. En esta íntima conversación, el chef reflexiona sobre la cocina chilena, el valor emocional del sándwich en marraqueta, y cómo cocinar para sus hijos terminó transformándose en una manera de construir memoria, afecto y permanencia.
Por: Equipo Comunicaciones de Indupan AG.
Hay cocineros que entienden la gastronomía como técnica, otros la convierten en espectáculo. Algunos la usan como vehículo creativo, mientras otros levantan verdaderos imperios comerciales alrededor de una marca personal.
Pero en el caso de Benjamín Nast Loyola, la cocina parece haberse transformado en algo mucho más profundo y difícil de explicar; una manera de sostener vínculos emocionales en medio de una vida que avanza demasiado rápido, con un vértigo que ya quisieran algunos pero con la tranquilidad de que el camino es seguro.
La conversación con Nast ocurre en la intimidad de su departamento, con sus gatos que buscan también un poco de protagonismo, una decoración ligada al mundo motor y el movimiento natural de un profesional ligado al mundo de los restaurantes. La velocidad en las respuestas del cocinero televisivo va y viene, aumenta y se desacelera, y aparece una versión mucho más íntima, reflexiva de uno de los chefs más visibles de la escena gastronómica chilena actual.
Porque detrás del empresario gastronómico, del rostro de televisión y del creador de restaurantes exitosos, existe un hombre que hoy parece obsesionado con una sola idea, que sus hijos lo recuerden cocinando para ellos.
El hombre detrás del personaje televisivo
Durante años, Benjamín Nast construyó una carrera marcada por la intensidad del oficio gastronómico. Formado en Europa, curtido en cocinas de alta exigencia y moldeado por una disciplina casi brutal, regresó a Chile decidido a construir una cocina propia. No una cocina complaciente, sino una que dialoga entre el producto chileno, la técnica internacional y una mirada profundamente contemporánea.
Así nacieron proyectos como De Patio, Demencia, De Calle o De Caleta, restaurantes que, más allá de sus diferencias conceptuales, comparten algo esencial, la búsqueda constante de identidad.
Sin embargo, la televisión modificó por completo el alcance de su figura pública.
Él mismo reconoce que jamás alcanzó a dimensionar el impacto que tendría ingresar al ecosistema mediático chileno. “Me llamaron un miércoles y empecé a grabar un lunes”, recuerda. No hubo tiempo para procesar la magnitud de la exposición. Lo que vino después fue una transformación absoluta de su cotidianeidad.
La televisión convirtió al chef en personaje. Un rostro reconocible. En alguien que dejó de pertenecer únicamente a la cocina para pasar a formar parte del imaginario popular.
Y eso, admite, trae consecuencias inevitables. “Te cambia la vida”, dice sin dramatismo, pero con la claridad de quien entendió rápidamente que la fama también modifica los espacios íntimos. La exposición deja de ser individual y alcanza inevitablemente a la pareja, a los hijos y a la familia completa.
El fenómeno, sin embargo, tiene una doble lectura. Por un lado, la televisión fortaleció enormemente sus negocios. Sus restaurantes comenzaron a llenarse de personas que no solamente querían comer, sino también verlo, fotografiarse con él o vivir la experiencia de encontrarse con el chef que observaban en pantalla.
Pero junto con ese reconocimiento apareció una presión constante. “La gente llega con otra expectativa. Y te están evaluando todo el tiempo”, dice.
La frase resume una tensión permanente dentro del mundo gastronómico contemporáneo, ligada a la dificultad de separar la cocina del personaje. Porque en la televisión el cocinero deja de ser únicamente un profesional para transformarse también en símbolo, referente y espectáculo.
Cocinar para la vida de sus hijos
Pero quizás el punto más interesante de Benjamín Nast aparece precisamente cuando abandona el discurso gastronómico tradicional y comienza a hablar de paternidad.
Ahí surge el verdadero corazón de ¡Tengo Hambre, Papá!, el libro que acaba de publicar y que, más que un recetario, funciona como una reflexión emocional sobre la crianza contemporánea, la ausencia, el tiempo y la cocina como espacio afectivo.
El origen del libro está profundamente ligado a la pandemia y a un proceso personal complejo. Separado y compartiendo menos tiempo con sus hijos, Nast comenzó a observar con culpa algo que lo golpeaba directamente, los niños estaban creciendo rodeados de delivery y comida rápida mientras él, paradójicamente, era cocinero profesional.
Y esa contradicción lo obligó a detenerse. “Los pocos momentos que tengo con ellos tienen que demostrarles que me importan de verdad”, reflexiona. Y entonces entendió algo que atraviesa todo el libro: cocinar no era únicamente alimentar. Cocinar era construir memoria.
La frase “Tengo hambre, papá” funciona en el relato casi como una metáfora emocional de la infancia. Porque los niños no solamente tienen hambre de comida. También tienen hambre de atención, presencia, tiempo y afecto.
Nast lo explica desde una observación profundamente cotidiana pero cargada de humanidad, los hijos siempre vuelven a la cocina. Incluso cuando crecen. Incluso cuando ya hicieron su vida. “Uno llega donde la mamá y lo primero que escucha es: ¿quieres comer algo?”.
En esa escena aparentemente simple existe toda una estructura emocional latinoamericana construida alrededor de la comida como lenguaje afectivo. La cocina aparece entonces como refugio, como cuidado y como demostración silenciosa de amor.
Por eso el chef insiste en que el libro no está pensado para niños, sino para adultos que necesitan reconectar con ellos. No desde la perfección. No desde recetas complejas. Mucho menos desde la cocina gourmet. Sino desde algo mucho más elemental: preparar juntos un sándwich, una once o cualquier comida que termine transformándose en recuerdo. “La cocina es cariño”.
Hay una frase que atraviesa prácticamente toda la conversación con Benjamín Nast: “La cocina es cariño”. Y aunque podría sonar como un lugar común, en su relato adquiere una profundidad distinta.
Porque cuando habla de cocinar para sus hijos, no habla de nutrición. Habla de permanencia y existe en él una preocupación muy humana respecto al paso del tiempo y a la inevitabilidad de que los hijos eventualmente construyan una vida propia. “Van a crecer y ya no me van a pescar”, dice entre risas, aunque detrás de la frase existe una honestidad brutal sobre la paternidad contemporánea.
Entonces cocinar aparece también como una estrategia emocional para permanecer. “Trabajo día a día en crear vínculos para que siempre quieran volver”.
Ahí radica probablemente la dimensión más potente de su discurso: entender que la comida puede transformarse en un puente emocional capaz de sobrevivir incluso al paso de los años.
No es casualidad que uno de los momentos más conmovedores de la conversación ocurra cuando recuerda el nacimiento de su primer hijo. Ese día tomó el teléfono y llamó a su padre.“Ahora entiendo todo”, le dijo.
La frase resume el instante exacto en que muchos hijos descubren finalmente el peso emocional de la crianza.
El sándwich chileno como identidad cultural
Si hay un territorio donde Benjamín Nast logra unir memoria, técnica, identidad y emoción, es el sándwich chileno.
Y lo interesante es que habla de él con el mismo respeto con el que otros chefs podrían referirse a la alta cocina francesa.
De hecho, incluso en De Patio —su emblemático restaurante de menú degustación— existía un pequeño sándwich dentro de la experiencia gastronómica. Un brioche al vapor relleno con papada de cerdo, chucrut y mayonesa de merkén que reinterpretan el clásico lomito chileno desde una mirada contemporánea.
Aquello no era casual, porque se intuye tras un rato hablando con él que el sándwich chileno posee un valor cultural enorme que históricamente ha sido subestimado por ciertos sectores gastronómicos. “Yo traté de reivindicar el sándwich como un plato de alta gastronomía”, explica.
Sin embargo, su relación con este universo está lejos del esnobismo culinario. Porque aunque disfruta sofisticando productos populares, sigue siendo profundamente tradicionalista. “No cambio por nada un lomito chacarero”.
Y la afirmación no responde solamente al gusto, sino también a la memoria emocional que contienen ciertos sabores.
El chef habla del chacarero, del Barros Luco o del completo como parte de un patrimonio cultural vivo. Preparaciones que no necesitan disfrazarse de otra cosa para tener valor gastronómico.
Por eso se muestra crítico frente a interpretaciones excesivas que terminan desdibujando la esencia del producto original. “El Barros Luco tiene que seguir siendo un Barros Luco”.
Claro que existe espacio para mejorar ingredientes, técnicas o panes. Pero no para perder identidad.
La marraqueta y el peligro de olvidar lo propio
Pocas cosas emocionan tanto a Benjamín Nast como hablar de la marraqueta.
Y ahí el chef abandona completamente cualquier discurso sofisticado para instalarse en un terreno mucho más emocional y territorial. “La marraqueta no puede desaparecer del planeta. Y menos de Chile”.
La frase no es antojadiza. Surge desde el recuerdo de infancia, desde las caminatas por Ñuñoa con pan caliente recién comprado en la panadería del barrio. “Si el pan venía calentito, no había nada mejor que caminar de vuelta comiéndoselo”.
Más que nostalgia, lo que aparece ahí es una defensa activa de ciertos rituales urbanos y populares que, según él, forman parte esencial de la identidad chilena.
En tiempos donde la gastronomía muchas veces parece obsesionada con importar tendencias internacionales, Nast insiste en algo fundamental: cuidar lo propio.
Porque la marraqueta, las fuentes de soda, los completos o los chacareros no solamente alimentan. También construyen memoria colectiva.
Y quizás por eso su discurso resulta tan interesante dentro del panorama gastronómico actual. Porque mientras gran parte de la cocina contemporánea persigue permanentemente la novedad, Benjamín Nast parece haber entendido que el verdadero lujo emocional muchas veces sigue estando en las cosas más simples, nada ligado a la TV, los flashes, la exposición mediática o los eventos de marcas. Para él, la pompa está en un pan caliente, una conversación familiar o un hijo diciendo desde otra habitación; “Papá, tengo hambre”.
