La actividad, realizada en el Jardín Infantil Alto Belén de Puente Alto, reunió a niños, educadoras y representantes del gremio en una jornada que tuvo donas, tortas, juegos y un mensaje que va más allá de la celebración: acercar la panadería a las comunidades donde está presente.
Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG
Hay celebraciones que duran unas horas, pero que dejan algo más. En el Jardín Infantil Alto Belén, en Bajos de Mena, Puente Alto, el Día del Niño volvió a convertirse en una de esas jornadas. Esta vez, con el aroma y los sabores de la panadería como protagonistas.
Hasta allí llegó INDUPAN AG para compartir con los niños y niñas del establecimiento, en una actividad que ya se ha transformado en una tradición. No era la primera vez. De hecho, este fue el tercer año consecutivo en que el gremio celebró el Día del Niño junto a la comunidad educativa.
La escena tuvo algo de fiesta y algo de descubrimiento. Hubo donas, queques, tortas, un desayuno distinto y actividades especialmente preparadas para los párvulos. Para algunos de ellos, incluso, hubo un pequeño estreno gastronómico: las donas.
“Ellos conocieron las donas. No las conocían”, cuenta la responsable del jardín. La primera vez que las probaron fue hace algunos años y, desde entonces, el producto quedó asociado a una visita que los niños ya reconocen. Hoy, cuando escuchan hablar de INDUPAN, saben que detrás vienen los panaderos y, probablemente, algo rico para compartir.
El jardín acoge a niños y niñas pertenecientes a 136 familias. Cerca del 80% de estos hogares está a cargo de una mujer y el establecimiento cuenta con 25 trabajadoras, todas mujeres, bajo la dirección de la educadora Estrella Alba. En ese contexto, una actividad como esta adquiere una dimensión que supera la entrega de productos.
Porque para el gremio, acercarse a un jardín infantil también es una forma de recordar cuál es el lugar que ocupa la panadería en la vida cotidiana. “Nos permite acercarnos a las personas de una manera distinta”, explica Pablo Piwonka, director de INDUPAN AG y de la revista PanArte. La panadería de barrio, dice, siempre ha tenido una relación cercana con los vecinos, pero este tipo de encuentros permite reforzar esa idea: detrás de cada local hay personas, familias y trabajadores que forman parte de una misma comunidad.
Mucho más que vender pan
Piwonka plantea que el papel de una panadería no termina cuando se entrega una bolsa de pan o se cobra una compra. Son negocios que generan empleo, mueven la economía local y, sobre todo, forman parte de una rutina que se repite durante años.
“Somos uno de los pocos comercios donde una persona puede estar prácticamente todos los días y encontrarse con las mismas caras”, señala.
Esa cercanía también construye identidad. Cada barrio tiene su panadería y, muchas veces, detrás de ella existe una historia que se prolonga por generaciones: el vecino que conoce al panadero, la familia que compra siempre en el mismo lugar, los trabajadores que se encuentran cada mañana y los clientes que terminan formando parte de una pequeña comunidad.
La visita al Jardín Infantil Alto Belén llevó esa lógica un paso más allá. Esta vez no fueron los vecinos quienes llegaron a la panadería. Fueron los panaderos quienes se acercaron a una comunidad que, probablemente, muchas veces pasa por delante de sus locales sin conocer todo lo que existe detrás de ellos.
Cuando una dona también abre una puerta
Para los niños, sin embargo, el análisis comunitario puede esperar. Primero están las donas. Y las donas fueron un éxito. “Hoy día, si tú estás viendo, lo primero que ellos comen son sus donas. Les encantan”, cuenta desde el jardín. Los pequeños ya identifican incluso al personaje que representa a INDUPAN y relacionan su presencia con una actividad que esperan cada año.
La actividad contó con el apoyo y la generosidad de las panaderías La Floresta, Maruxa y Ralún, que aportaron los productos para hacer posible esta celebración.

