La abogada de profesión lidera el recambio generacional de la histórica panadería de San Bernardo. Su desafío: incorporar tecnología, diversificar la oferta y optimizar procesos, manteniendo intacta la calidad que ha caracterizado al negocio durante más de seis décadas.
Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG
En la industria panadera existe un consenso tácito: abrir una panadería es difícil; mantenerla durante décadas y lograr que una tercera generación quiera hacerse cargo es mucho más excepcional. Y es justamente esto lo que vinimos a conocer en Panadería México, ubicada en la comuna de San Bernardo, ese proceso ya está en marcha.
Carla Cifuentes Véjar, abogada de profesión, representa la nueva generación que asumió el desafío de proyectar un negocio familiar con 62 años de historia, fundado por sus abuelos, Cosme Véjar y Mireya Carvajal, adaptándolo a las nuevas exigencias del mercado sin perder el sello artesanal que lo convirtió en un referente de la zona sur de Santiago.
Sobre este tema, la administradora y responsable de “pelear” por la panadería como ella lo relata es concreta a la hora de hablar de lo que implica seguir con este proyecto familiar, de carácter histórico. “La responsabilidad es enorme”, reconoce, señalando de la mano que, “Mi abuela y mi mamá siempre están mirando lo que hacemos. Ellas fueron las que construyeron este camino y nosotros tenemos la tarea de seguir avanzando sobre esa base”.
Sin lugar a dudas, un camino pavimentado, pero con nuevos desafíos, que a diferencia de las generaciones fundadoras, Carla sostiene que hoy el mayor desafío no es levantar una empresa desde cero, sino transformarla sin perder su identidad.
“Mi abuela puso la primera piedra, mi mamá consolidó ese trabajo y nosotros recibimos un camino ya pavimentado. Pero el mundo cambió y eso nos obliga a modernizar procesos, incorporar tecnología y hacer más eficiente la operación, sin dejar de ser una panadería artesanal”, explica.
Hablando de transformación
En ese sentido, los procesos modernizadores en un negocio consolidado son más complejos. La transformación no solo pasa por adquirir nueva maquinaria, sino que implica responder a consumidores con hábitos distintos y ampliar una oferta que durante décadas estuvo concentrada en los productos tradicionales.
“Nosotros crecimos haciendo marraquetas y hallullas. Hoy incorporamos panes como la ciabatta o el pan de queso, porque las nuevas generaciones comenzaron a buscarlos y queríamos ofrecer esa alternativa sin que nuestros clientes tuvieran que ir al supermercado”, comenta.
Aunque hoy dedica gran parte de su tiempo a la administración de la empresa, Carla nunca imaginó que terminaría trabajando en la panadería.
Estudió Derecho y ejerció una profesión completamente distinta al rubro. Sin embargo, reconoce que el vínculo con el negocio familiar nunca desapareció. “Todos mis hermanos estudiamos carreras diferentes. Mi hermana es de Comercio Exterior, mi hermano es cineasta y yo soy abogada. Pero al final todos volvimos”, afirma.
Lejos de considerar esa diversidad como una desventaja, sostiene que ha sido una fortaleza para enfrentar los nuevos desafíos. “Cada uno aporta una mirada distinta. Yo veo la parte normativa y administrativa; mi hermana aporta desde el comercio internacional y mi hermano desde otra perspectiva completamente diferente. Esa mezcla nos permite tomar mejores decisiones”.
Tecnología con límites
Uno de los principales debates que enfrenta la empresa dice relación con la automatización de sus procesos, cuestión que involucra crecimiento pero también romper el arraigo que han tenido por muchos años con sus trabajadores. Para Carla, incorporar nuevas tecnologías resulta indispensable para optimizar procesos y responder a las crecientes exigencias productivas. Sin embargo, advierte que existe una línea que no están dispuestos a cruzar.
“Nuestra prioridad es modernizar máquinas y hacer más eficientes los procesos, pero siempre considerando que detrás de esta empresa hay más de veinte familias que dependen de ella”.
En ese equilibrio aparece una convicción que atraviesa toda la conversación.
“Una máquina puede hacer todas las marraquetas iguales, pero no necesariamente va a entregar el mismo resultado que un panadero con 25 años de experiencia. Ese conocimiento y ese cariño por el oficio todavía no pueden reemplazarse”.
La calidad como sello del sector sur
Desde San Bernardo, Carla observa que el sector sur de la Región Metropolitana ha desarrollado una identidad panadera propia. A su juicio, los consumidores de estas comunas han elevado considerablemente el estándar de calidad y hoy son especialmente exigentes respecto del producto que compran.
“Aquí la gente distingue una buena marraqueta. Sabe cuándo un pan está bien hecho y cuándo no. Esa exigencia nos obliga a mantener un estándar muy alto todos los días”, sostiene.
Esa búsqueda permanente por la calidad también explica la relación de largo plazo que mantienen con sus principales proveedores. “Seguimos trabajando con empresas que abastecen a mis abuelos desde hace más de cincuenta años. Esa continuidad habla tanto de la confianza como de la calidad de las materias primas”.
El valor del gremio
En paralelo al proceso de renovación interna, Carla ha comenzado a integrarse paulatinamente a la actividad gremial. Reconoce que aún convive con una generación de dirigentes que construyó fuertes lazos de amistad durante décadas, pero valora especialmente ese espíritu de colaboración que, a su juicio, caracteriza al rubro.
“Entre panaderos existe un código. Si a uno le falta un insumo, otro lo ayuda. Entendemos que, si a una panadería le va bien, finalmente le va bien a toda la industria”.
Un legado que trasciende el negocio
Más allá de las inversiones, la innovación o el crecimiento comercial, Carla identifica otro desafío que considera incluso más importante: preservar el legado construido por sus abuelos. Durante años, recuerda, la familia recibió ofertas para vender la empresa.
“En algún momento todos pensamos estudiar otras cosas y alejarnos de la panadería. Después entendimos que esto era mucho más que un negocio. Era el esfuerzo de mis abuelos, de mis padres y también una fuente de trabajo para muchas familias”.
Ese compromiso adquiere una dimensión aún más profunda cuando recuerda una de las experiencias que más la han marcado desde que asumió mayores responsabilidades.
“Hay personas que llegan porque no tienen dinero para comprar un pan. Cuando uno puede ayudar, entiende que este trabajo también tiene un sentido social. Eso no te lo entrega cualquier profesión”.
Con esa convicción, la tercera generación de Panadería México busca escribir un nuevo capítulo para una empresa que nació hace más de seis décadas en San Bernardo. Uno donde la innovación conviva con el oficio, la tecnología con la tradición y el crecimiento con la identidad que ha acompañado a la familia Véjar desde sus orígenes.

