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“¿Y si bailamos un poquito?”: El lado más riguroso del parrillero que conquistó Chile

A sus 36 años, este ingeniero comercial de profesión y parrillero de oficio ha recorrido un camino lleno de aventuras. Hoy, con tres millones de seguidores en TikTok, y su infaltable “bailemos un poquito”, Jorgito Parrillero revela cómo transformó su mayor defecto de infancia en un imperio digital, analizando con rigor, memoria y su gran salto a la pantalla grande.

Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG

Hay trayectorias que parecen trazadas con regla y compás, y otras que se construyen a punta de tropiezos, deudas hasta la coronilla y un olfato inquebrantable para los negocios. La historia de Jorge Valenzuela (36) – @jorgitoparrillero/ – pertenece decididamente al segundo grupo. Ingeniero comercial de profesión y parrillero de oficio, su vida es el retrato hablado de un emprendedor empedernido que jamás pasó por su cabeza pisar una oficina corporativa tradicional.

“Nunca, nunca en mi vida intenté trabajar en una empresa. Siempre emprendí, siempre, siempre”, confiesa de entrada, con esa franqueza frontal de quien ha tenido que reinventarse más de una vez para sobrevivir.

Sentados en el sillón de su domicilio y con la parrilla encendida, Jorge mira la realidad como algunos saben observar, con el gen del negocio entre ceja y ceja y los años escolares que en su vida no pasaron desapercibido. 

Rememora que la vocación por el mundo comercial no nació en las aulas universitarias, sino en las bancas de un colegio donde la suerte académica no le sonreía. “Me iba muy mal en el colegio, era el más porro de la generación y me sacaba puros rojos”, recuerda entre risas. “Al final de año acumulaba siete u ocho rojos, me ponía las pilas a última hora y terminaba con uno, pasando de curso. Jamás me quedé pegado”.

Pese a ese panorama, desde muy chico tuvo una brújula clarísima; quería estudiar ingeniería comercial, pero no por el cartón ni por el prestigio corporativo: “Era lo que me llevaba a hacer negocios. A mí me apasiona mucho, no la luca por la luca, sino la sensación de cambiar algo contigo, que a ti te haga bien, y que me pases plata por eso. Lo encuentro de otro nivel”, señala. 

De los juegos inflables a la gran parcela

Su historial de proyectos es largo y agridulce. El primer intento formal, a los 17 o 18 años, fue un emprendimiento de motos que terminó en desastre cuando se las robaron todas. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó años después con el arriendo de juegos inflables a domicilio.

Fue un éxito inesperado que lo empujó, sin planificarlo, hacia la gastronomía. Las mamás que contratan la entretención para los cumpleaños de sus hijos comenzaron a pedirle que también se hiciera cargo de la comida de los niños. El negocio creció tanto que los modelos gigantes – de juegos inflables – ya no cabían en ninguna parte.

Fue entonces cuando dio el salto mayor: endeudado hasta la coronilla, como él lo señala, compró una parcela en Rancagua que tenía “puro maíz”. Sin un solo peso en los bolsillos, levantó el terreno a pulso, reinvirtiendo cada moneda. Tras ocho años de trabajo constante, aquel pedazo de tierra se transformó en un exclusivo centro de eventos para adultos. Y ahí, en medio de los quiebres y los montajes, descubrió su maestría en los fierros y las brasas.

La prueba de fuego: La pandemia

El centro de eventos marchaba a toda máquina hasta que estalló la crisis sanitaria mundial. Atrapado en un ritmo de vida que ya no le gustaba —trabajar exclusivamente los fines de semana mientras pasaba la semana en blanco—, Jorge recurrió al amigo de su suegra, un médico a quien considera un mentor y un verdadero crack.

Supongo que en esta semana que va a durar la pandemia me podrías hacer algún master en negocios —le soltó por teléfono. —Compadre, esto no es rápido, esto va a pasar mucho tiempo —le respondió el doctor, antes de tirarle una frase que le cambiaría el rumbo—: «Véndele algo a los pitucos».

Con esa directriz en la cabeza, intentó armar una hamburguesería a domicilio en Rancagua, pero pronto pensó: “¿Por qué voy a hacer lo que hacen todos?”. Así nació Gurú Market, un servicio pionero para llevar el supermercado directamente a los hogares del sector.

El modelo funcionaba, pero el avance implacable del e-commerce y la llegada de los grandes actores del retail —sumado al ingreso de Jumbo a las entregas a domicilio— terminaron por asfixiar el proyecto. La parcela lucía con el pasto descuidado, las deudas lo ahogan y el panorama era desolador.

Tras ese comenzar aparecieron, como él lo dice, el freno de mano y un retorno al fuego. “Estaba tan obsesionado con el emprendimiento que sentía que si el negocio estaba en una peluquería, yo era capaz de ser peluquero para ganar lucas”, admite.

El rescate llegó de la mano de su actual pareja, quien en ese entonces era su polola. Tras un análisis profundo, lo frenó en seco con una frase lapidaria: “Lo que te falta a ti es hacer algo que te entretenga, que lo pases bien y que disfrutes de hacerlo”.

Ese alto en el camino fue sanador. Jorge hizo un balance, se despojó del peso de las expectativas financieras inmediatas y tomó una decisión radical: o se dedicaba al deporte —a años luz de generar ingresos sustentables— o abrazaba de una vez por todas los asados, su gran pasión desde la infancia.

Del barro al algoritmo: Nace el “bailemos un poquito”

Muchos creían que este nuevo paso sería efímero, un pasatiempo pasajero. Sin embargo, el proyecto escaló hasta alcanzar cifras insólitas: tres millones de seguidores en su cuenta de TikTok, un fenómeno que supera con creces el alcance de cualquier político tradicional y que se compara con el impacto de las marcas más masivas del país.

La génesis de ese éxito digital, sin embargo, tiene raíces insospechadas en su propia historia personal. De niño, debido a una lesión en el tobillo, no podía hacer las clases de educación física tradicionales y se refugiaba levantando pesas en un gimnasio escolar abandonado. Eso lo convirtió en un joven “muy tieso”, blanco de las bromas cariñosas de sus amigos en las fiestas.

Años más tarde, al comenzar a grabar sus primeros videos de cocina con un celular y con la ayuda de su hermano Juanito —empezando casi sin recursos y haciendo asados para su familia y su polola—, se enfrentó a un problema técnico: necesitaba un puente, un corte fluido entre una receta y la siguiente dentro del mismo video.

—Y si bailamos, ¿cachai? —pensó sin pretensiones de experto en marketing.

Empezó bailando cumbia, luego otro ritmo, y soltó por primera vez el célebre “¿Y si bailamos un poquito?”. Al video le fue bien; lo repitió, repitió y repitió. Aquel defecto de infancia, la rigidez convertida en gracia, se transformó sin planificarlo en su eslogan definitivo.

Pronto, una marca vio lo que él mismo aún no lograba ver y lo contactó cuando apenas tenía 7.000 seguidores. Al aceptar una oferta que para él era una fortuna, entendió que el juego no solo era entretenido, sino altamente rentable, aplicando de golpe todos sus aprendizajes y tropiezos comerciales anteriores.

Amor, fronteras y la marraqueta en el garaje

El romance y los proyectos de vida también lo pusieron a prueba. Con siete años junto a su pareja, y tras el sueño de ella de emigrar a Estados Unidos, Jorge enfrentó una encrucijada visceral. Aunque es un amante acérrimo de su país —de los que necesitan volver a casa para sentirse completos—, decidió subirse al avión.

Al llegar a Los Ángeles, California, el garaje de la casa se transformó en su estudio clandestino. Con un telón negro cubriendo las paredes oscuras, volvió a encender las cámaras, demostrando que la pasión por las brasas no entiende de fronteras. Y es que, para él, hay un producto sagrado que resume la identidad nacional: la marraqueta.

“Para mí la marraqueta, de partida, es crujiente, como ningún pan en la tierra, es chilena, es versátil a morir (…) Absorbe muy bien el jugo de la carne, de la longaniza, y yo creo que ese es su mayor valor. No hay otro pan como el chileno. Cuando yo vivía afuera, todos los chilenos viviendo en el extranjero echan de menos la marraqueta, más que a la mamá”.

Para su paladar, el mejor compañero indiscutido es un buen churrasco en marraqueta con mayo casera, destacando especialmente el clásico barro luco por su simpleza y perfección.

La ingeniería secreta detrás de la pantalla

Hoy, tras el aparente desenfado del personaje, hay una estructura analítica implacable. “Tengo muy claro lo que funciona y lo tengo muy estudiado. Todas las políticas de TikTok, de Instagram, las tengo muy estudiadas. Mucho, mucho, mucho”, asegura. 

Detrás de cada publicación hay hasta dos días de trabajo entre grabación y edición, un esfuerzo que se multiplica con los nuevos proyectos que cocina en paralelo.

El proceso creativo no nace en una pizarra corporativa, sino al calor de las sartenes. “Lo que más me funciona a mí es lo que hago sin pensar en lo que voy a crear”. Mientras arma un simple churrasco en marraqueta, detecta un detalle técnico —como la temperatura exacta de la sartén para lograr un dorado perfecto—, extrae ese pequeño truco y lo traslada a otro contenido que termina rompiendo esquemas.

Sin embargo, reconoce que ese peso creativo es constante. Y aunque las expectativas y las metas tienen que ser altas, la clave absoluta reside en la autenticidad: “Es ser uno mismo. Y que tus expectativas sean altas… más que el cliché de la perseverancia, ¿hasta dónde quieres llegar?”.

Responsabilidad, marcas y el pulso con la calle

Esa masividad inmensa conlleva una profunda responsabilidad. Lejos de las métricas frías, el impacto se mide en la calle: como cuando llega por sorpresa a un cumpleaños para entregarle un libro firmado a un niño cuyo sueño era conocer a Jorgito Parrillero.

Con las marcas, la relación ha madurado hacia un delicado equilibrio. Trabaja codo a codo con un pequeño equipo compuesto por Juanito, su pareja Jose y Bárbara —quien gestiona el área comercial y frenó los ímpetus de aquellas empresas que creen erróneamente que contratar al “más grande” garantiza una explosión inmediata de ventas—. Para Jorge, el marketing digital no se trata de anuncios forzados, sino de constancia orgánica, contando con partners históricos como la cerveza Kunzman.

El legado impreso y la memoria del abuelo

En medio de este torbellino digital, Jorge concretó otro de los hitos vitales de todo hombre: escribir un libro. Un proyecto gestado a contrarreloj antes de partir a Estados Unidos, marcado profundamente por la tragedia y el afecto familiar.

A dos semanas del lanzamiento, falleció su abuelo, quien era su socio silencioso y más fiel seguidor a través de WhatsApp. El golpe fue devastador. 

De inmediato llamó a la editorial para modificar el prólogo y dedicarle el espacio en solitario al viejo que siempre quiso verlo llegar más lejos. “A mi abuelo que partió antes de ver este sueño cumplido. Gracias por ser mi guía, mi amigo, y el ejemplo de vida que llevo en mi corazón. Aunque ya no estés aquí físicamente, cada página de este libro lleva tu huella, tu sabiduría y tu amor incondicional…”

El salto a YouTube y las pantallas grandes

Mirando siempre hacia adelante, Jorge se alista para dar el golpe definitivo que cambiará las reglas de su carrera. Tras dominar TikTok, Instagram, Facebook y los Shorts de YouTube, ha decidido conquistar el formato largo.

Próximamente, el creador despliega un canal de YouTube de altísimo nivel, hiperinteractivo, cargado de desafíos, carne de primera y con invitados de talla mundial, incluidos chefs internacionales. La apuesta es ambiciosa: pasar del consumidor rápido que ve videos breves en el baño, a invitar a la audiencia a prender la parrilla y disfrutar de una experiencia inmersiva en pantalla grande, con la proyección incluso de llegar a plataformas globales como Amazon.

Los números de la ingeniería comercial ya no están en una planilla Excel silenciosa, sino en el calor exacto de las brasas, en la pantalla de millones de teléfonos y en la complicidad de un país que celebra, plato a plato y entre risas, el arte de hacer las cosas con alma.

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