A los 56 años, el otrora referente de Colo-Colo y la UC cambió la pizarra táctica por la paciencia de la fermentación natural. Hoy, lejos de los focos y con las manos en la harina, da forma a “Gol de Masa Madre”, un emprendimiento artesanal que rescata los valores del esfuerzo, la resiliencia y el hogar.
Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG
Hay pitazos iniciales que marcan época, goles que se rememoran una y otra vez en las conversaciones de amigos que hinchan por los colores de la camiseta más linda del mundo. El de Miguel Ramírez (56) resonó durante más de tres décadas en las canchas del fútbol chileno e internacional, primero con la elegancia de un defensor férreo y respetado, y más tarde desde la dirección técnica, exigiendo disciplina, lectura de partido y compromiso colectivo. Hoy, sin embargo, el sonido que guía sus mañanas es el crujir sutil de una corteza dorada y el silencioso parsimonioso burbujear de la fermentación.
Fuera de las bancas y en pausa momentánea de la dirección técnica, Ramírez ha encontrado un nuevo hábitat: la cocina de su casa. Allí, enfundado en la faena diaria, lidera Gol de Masa Madre, un emprendimiento artesanal que nació de una necesidad estrictamente biológica, sanar la acidez y la molesta inflamación estomacal que le dejaba la levadura tradicional, y que hoy se ha transformado en su proyecto de vida más personal.
“En el fútbol vivimos en una burbuja”, confiesa con la franqueza de quien ha recorrido los dos lados del mostrador. “Los equipos con más arrastre te alejan de la realidad de dónde uno salió. A mí la educación de mis padres siempre me permitió tener los pies en la tierra”, sentencia desde el living de su domicilio donde nos recibió y se gestó esta odisea de ser periodista e hincha.
Ramírez comenzó su carrera en 1991 con Colo Colo, donde formó parte de dos campañas campeonas de liga en 1991 y 1993. Durante su tiempo en el club, también ganó la única Copa Libertadores de un club chileno en 1991, la Copa Interamericana en el mismo año y la Recopa Sudamericana en 1992.
El hoy, padre, esposo, amigo y panadero vistió en España los colores del Real Sociedad y en México militó en el CF Monterrey, antes de regresar a Chile en 1997 para unirse a la Universidad Católica, equipo que curiosamente lo acercaría más adelante al oficio y donde ganó dos campeonatos de liga. Finalmente, su carrera como profesional lo hace vestir nuevamente los colores de Colo Colo.
Las raíces del oficio
Para entender al actual artesano del pan hay que remontarse al niño de diez años que creció observando a su padre en las faenas cotidianas. Su progenitor, un hombre infatigable que “hacía absolutamente de todo”, al que califica con afecto como un verdadeiro mentolátum de solución casera, fue su primer gran maestro. Juntos construyeron un carro con rodamientos metálicos para ir a la feria a hacer fletes y ganarse unas monedas. Con esa propina, el pequeño Miguel alcanzaba la felicidad absoluta comprando uno o dos completos en un carrito del sector.
El gusto por hacer cosas con las manos no se detuvo ahí. Vendió volantines en septiembre, elaboró y comercializó hilo en años mozos, e incluso flirteó con el arte del bonsái. Esa veta paciente, que exige método y delicadeza, halló su cauce definitivo en plena etapa de formación, talento de pocos ligado a la noble hazaña del que busca crecer en la vida.
Encerrado por las circunstancias sanitarias, entendió que la vida no se sostenía sólo a base de huevos revueltos. Tras seguir tutoriales fallidos, donde la harina de supermercado sin la fuerza proteica adecuada convertía sus panes en “platillos voladores”, según indica Ramírez, un encuentro casual con el emprendedor gastronómico Sebastián Luco (@slucook) le abrió las puertas del conocimiento técnico.
Un “Me gusta” en Instagram conectó al exmundialista con Gian Franco, conocido en redes como @panaderomasamadre. El maestro panadero lo invitó a su taller en San Miguel. Al saludarlo, dudó: “¿Tú te pareces al Miguel Ramírez que jugaba en la Cato?”. Desde entonces, la cofradía del pan se convirtió en un pilar semanal de asesoría mutua y camaradería; dónde los colores Cruzados impulsaron tal hegemonía.
Del camerino a la masa
Las analogías entre la dirección técnica y la panadería artesanal fluyen con naturalidad en el relato de Ramírez. En el campo de juego, el estratega depende de veinticinco individualidades a quienes debe convencer de una idea, de sacar su máximo potencial. Aquí, en cambio, la responsabilidad es absoluta e intransferible.
“En el fútbol uno depende del resto; aquí no puedo criticar ni cuestionar a nadie si el pan no sale como la gente lo espera”, reflexiona. “Todo depende de mí; de la paciencia, de entender los tiempos, la temperatura, los procesos de fermentación, cuándo hacer los pliegues, el descanso en frío y el calor del horno”.
El empuje definitivo provino de su esposa, vinculada al comercio desde hace tres décadas. Al quedarse sin club en el fútbol profesional, Unión Española fue el último de la lista, fue ella quien lo instó a comercializar el pan que horneaba semanalmente para los suyos. La aceptación comunitaria fue inmediata. De regalar bollos a amigos pasó a estructurar un negocio formal, enfrentándose a un desafío nuevo: la sobreexposición pública desde la vereda del emprendedor solitario.
Acostumbrado a que los flashes y portadas de diarios y revistas fueran producto de su desempeño deportivo en Colo-Colo, Universidad Católica o la Selección Nacional, donde siempre prefirió el perfil bajo y la discreción que le inculcaron capitanes históricos como Mario Salas, Lizardo Garrido o Jaime Pizarro, confiesa, dar la cara en redes sociales para promocionar su marca no fue sencillo.
Su primer video viral, preparando una inocente Shakshuka donde un exceso de pimienta lo hizo toser en plena toma, desató una ola de reproducciones que le demostró que la autenticidad paga dividendos y panes de masa madre. El despegue en redes sociales fue inmediato. De pasar de tener seis o siete seguidores, todos familiares y cercanos, hoy en día la cuenta @goldemasamadre suma más de 16 mil seguidores.
Un futuro con aroma a pan y espíritu deportivo
Chile ostenta uno de los consumos per cápita de pan más altos del planeta —cercano al 90% de la población—, y la emblemática marraqueta sigue reinando en las mesas nacionales.
Con nostalgia, Miguel recuerda sus épocas de cadete en Colo-Colo, cuando el desayuno diario incluía el crujiente pan, o anécdotas de infancia en La Vega Central, donde su padre trabajaba como despostador en una carnicería, combinando la miga de la marraqueta con un racimo entero de plátanos regalados, saciando el hambre con una original receta casera. Hoy, su ambición panadera incluye dominar la compleja técnica de la marraqueta de masa madre, ampliando un catálogo que ya incluye focaccias, pizzas y panes blancos o con multisemillas, nueces y cranberry.
¿Qué pasará si el teléfono suena y lo llama un club del extranjero para volver a dirigir?, le preguntamos con una suerte de conseguir la exclusiva a esta historia y ganando el «quien vive» de las área deportivas de la prensa chilena, La respuesta de Ramírez denota la misma madurez con la que ordenaba su línea defensiva. Dirigir fuera de Chile sigue siendo un sueño anhelado, pero la vida le ha enseñado a no estancarse ni temerle al cambio.
Finalmente nuestra conversación llega a lo que en el mundo del fútbol se denomina el tercer tiempo. Nos cuenta que tiene el proyecto visualizado en su cabeza. Una cafetería-panadería a la vista de todos, donde los clientes puedan observar el trabajo de amasado y disfrutar de mesas dispuestas para conversar viendo partidos de fútbol y diversas disciplinas deportivas.
Un punto de encuentro donde convergen sus dos grandes pasiones: la disciplina táctica de la cancha y la noble, pausada y reconfortante calidez de un buen pan hecho en casa.

