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El carrito del Berlín: emprendimiento que conquistó a sus clientes con sabores fuera de lo común

Lo que comenzó como una salida urgente tras el despido de su esposo terminó convirtiéndose en un proyecto familiar que hoy atrae clientes de distintas comunas y regiones del país. 

Por: Equipo Comunicaciones Indupan AG

La historia de El Carrito del Berlín no comenzó con un plan de negocios ni con una receta heredada de generaciones anteriores. Comenzó con incertidumbre y una pregunta que muchas familias se han hecho alguna vez: ¿qué hacemos ahora?

El despido del esposo de su fundadora Constanza cambió de golpe la rutina familiar. El finiquito llegó acompañado del temor de no saber cómo enfrentar los gastos que seguían pendientes. Había cuentas que pagar, deudas acumuladas y un dividendo que no esperaba. En medio de esa preocupación apareció una primera idea: vender helados artesanales afuera del colegio de su hijo.

La temporada de primavera acompañó el comienzo. Sin embargo, cuando llegó el invierno, las ventas disminuyeron y la familia tuvo que buscar otra alternativa. Fue entonces cuando los helados dieron paso a las berlinas, un producto que parecía sencillo, pero que para ella representaba un territorio completamente desconocido.

«Al principio me quedaban crudas, duras o pasadas en aceite. La crema pastelera también tuve que aprender a hacerla yo misma, sin tener ninguna idea», recuerda al reconstruir los primeros intentos su dueña.

No hubo una fórmula inmediata ni una receta que resolviera el problema de un día para otro. Hubo pruebas, errores y una decisión que terminaría definiendo el proyecto: volver a intentarlo hasta conseguir una masa que respondiera a lo que buscaba.

Aprendió a calcular la temperatura del aceite, a controlar los tiempos de fritura y a preparar los rellenos. Cuando comenzó a sentirse más segura con el resultado, empezó a ofrecer sus productos a vecinos, amigos y conocidos a través de grupos de WhatsApp. Los comentarios favorables le dieron el impulso que necesitaba para salir a vender a la calle y así comenzó a tomar forma El Carrito del Berlín.

De los primeros clientes a una propuesta de sabores propios

La necesidad económica fue el punto de partida, pero no tardó en aparecer otro componente: la inquietud por crear algo distinto. En lugar de limitarse a las berlinas tradicionales, su fundadora comenzó a experimentar con combinaciones que trasladaran los sabores de otros productos de pastelería a una masa que ya conocía cada vez mejor.

La idea era llevar los rellenos y las mezclas características de tortas, tartaletas y cheesecakes al interior de una berlina. No se trataba solamente de incorporar una crema diferente, sino de conseguir que el conjunto tuviera una identidad propia.

«Hemos tratado de traer las tortas a las berlinas, los rellenos, las combinaciones de las tartaletas y los cheesecakes. Todo, pero dentro de la masa del Berlín», explica.

Esa búsqueda se convirtió en una de las características del emprendimiento. La oferta combina sabores tradicionales con alternativas que buscan sorprender a quienes están acostumbrados a los rellenos de siempre. Entre los favoritos que menciona están el Berlín Dubai, los clásicos de crema pastelera y manjar, el Berlín Gansito, el de crema pastelera con frutilla y el de chocolate con Oreo, además de las versiones con Nutella.

La propuesta no termina en las berlinas. El carrito también ofrece rollos de canela, incluidos los sabores clásicos y las versiones con Nutella, frutilla y manjar, que han conseguido su propio grupo de seguidores.

Detrás de esa variedad existe un trabajo que no se limita a inventar combinaciones. La emprendedora pone especial atención en la preparación de la masa y en el proceso de fritura. Utiliza un termómetro para controlar la temperatura del aceite y busca que cada producto llegue fresco al cliente, con una cocción adecuada y sin exceso de grasa.

Vender en la calle y aprender a resistir

El camino tampoco estuvo libre de dificultades. Cuando comenzó a instalarse en distintos puntos para vender sus productos, se encontró con situaciones que pusieron a prueba su voluntad de continuar. Uno de los episodios que recuerda con mayor dificultad ocurrió afuera del Hospital del Carmen, donde, según relata, recibió amenazas de otros vendedores que le exigían retirarse del lugar.

En ese momento su oferta era acotada: berlinas y rollos de canela. No vendía café, agua ni otros productos que ampliaran su negocio. Aun así, tuvo que buscar nuevos espacios para trabajar y continuar generando ingresos.

También intentó participar en ferias navideñas, donde, según cuenta, volvió a enfrentar dificultades con otros emprendedores. Fueron episodios que la hicieron cuestionarse si valía la pena seguir, especialmente porque cada jornada de venta representaba una oportunidad para contribuir a la economía familiar. Pero abandonar nunca terminó de convertirse en una decisión definitiva.

Su respuesta fue insistir, probar otros lugares y volver a ofrecer sus productos. En ese proceso, la fe adquirió un papel central. La emprendedora reconoce que, cuando el cansancio y la frustración amenazaban con imponerse, encontraba en la oración una forma de recuperar fuerzas para comenzar nuevamente.

Esa dimensión también forma parte de la relación que ha construido con sus clientes. Para ella, vender no siempre ha significado entregar un producto y recibir un pago. En ocasiones, la conversación ha terminado ocupando un lugar tan importante como la compra.

Cuando la venta se transforma en compañía

Su paso por las inmediaciones del Hospital del Carmen le dejó algunas de las experiencias que recuerda con mayor cariño. Allí conoció a personas que llegaban preocupadas por la salud de un familiar, atravesando momentos de angustia o intentando sobrellevar una situación difícil.

Al advertir esa preocupación, comenzó a ofrecerles algo que iba más allá de sus productos: preguntarles si querían que orara por ellas. «Nos tomábamos las manos, si la señora lo permitía, y orábamos un ratito. Pedíamos por su familiar, por su esposo o por su hijo», relata su dueña.

Con el tiempo, algunas de esas personas regresaban para contarle cómo seguían sus familiares y agradecerle aquel momento compartido. Para la emprendedora, esas conversaciones constituyeron una experiencia significativa en medio de las largas jornadas de trabajo, el frío y el viento que debía enfrentar para vender.

No todos los vínculos nacieron de la misma manera, pero esas historias reforzaron una idea que aparece reiteradamente en su relato: el emprendimiento también puede convertirse en un espacio de encuentro entre personas que, de otro modo, probablemente no habrían conversado.

Esa cercanía ha encontrado una nueva dimensión en las redes sociales, donde decidió mostrar no solamente los productos terminados, sino también el proceso que existe detrás de ellos.

Las redes sociales como vitrina de una historia real

El crecimiento de El Carrito del Berlín ha estado acompañado por una exposición directa de su día a día. En sus publicaciones, la emprendedora ha compartido las jornadas de trabajo, el cansancio, los momentos de tristeza y las dificultades que ha debido enfrentar para sostener el negocio.

En lugar de construir una imagen en la que todo parece funcionar sin contratiempos, optó por mostrar también aquello que normalmente queda fuera de la vitrina: los errores, la incertidumbre y el esfuerzo que implica volver a empezar.

A su juicio, esa transparencia ha permitido que muchas personas se identifiquen con su historia y acompañen el crecimiento del proyecto. Las redes sociales se transformaron así en una herramienta para dar a conocer los productos, pero también para establecer una relación con clientes que no necesariamente viven cerca de sus puntos de venta.

Hoy recibe visitantes de comunas como Huechuraba, Quilicura, Pudahuel y Noviciado. También ha conocido personas que viajan desde otras regiones, entre ellas clientes que han llegado desde Tocopilla, Quilpué e incluso Puerto Natales. «La gente se conectó mucho con la historia, con el esfuerzo, con la perseverancia y con la insistencia de seguir», afirma Constanza.

La distancia que recorren algunos clientes constituye, para ella, una señal de que el trabajo realizado durante estos años ha conseguido trascender la venta ocasional. Quienes llegan no solo buscan probar una berlina de un sabor particular: también conocen la historia de la persona que está detrás del carrito y el esfuerzo que ha significado levantarlo.

El próximo paso: crecer sin perder el origen

El emprendimiento se encuentra ahora ante un desafío distinto. Después de comenzar con recursos limitados y desarrollar buena parte de su actividad en la calle, la prioridad es avanzar hacia una operación que le permita trabajar con mayor estabilidad.

Entre sus objetivos está obtener la autorización sanitaria correspondiente y completar el equipamiento de un pequeño taller que ha ido habilitando con esfuerzo. Para ello necesita reunir elementos como campanas y mesones, además de resolver los requerimientos que le permitan producir en condiciones adecuadas.

Una vez que avance en esos trámites, la familia evaluará el camino para ampliar su operación. Entre las alternativas que contempla están adquirir un food truck o instalarse en un local establecido. Por ahora, ninguna de esas opciones está definida.

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