La historia de la familia Espejo Vargas en las panaderías partió hace 50 años, cuando don Gilberto Araya y doña Elba Tello, crearon la panadería Santa Agustina en Tocopilla. A punta de mucho esfuerzo, formaron esa industria y pudieron ofrecer un rico pan tradicional a la comunidad de esa localidad.

En forma paralela, se desarrollaba la vida de Alberto Espejo Vargas. Él nació en una familia muy humilde de la localidad de San Félix, que forma parte de la comuna de Alto del Carmen, Provincia de Huasco, en la región de Atacama.

Fue uno de los 9 hijos de una familia muy humilde, por lo que prematuramente tuvo que salir a trabajar. Tenía entre 7 y 8 años y ya recibiría algún dinero por ayudar en una viña, donde el dueño lo destacaba como el mejor, por su inteligencia y entusiasmo.

Cuando contaba unos 15 años, obtuvo el permiso de sus padres para poder ejercer en minería (Minitas, La despreciada y Esperanza, en Tocopilla). Era un joven pirquinero que comenzaba a conocer las labores del rubro, como muchos otros menores en aquellos años.

Gracias a su empeño y responsabilidad, se destacó desde el inicio. Esto les permitió ser contratado en una fundición de Codelco a los 17 años. Posteriormente, ascendió a mecánico. En 1970, a sus 24 años, entró a Chuquicamata y 7 años después fue trasladado a ejercer labores en una termoeléctrica en Tocopilla (también de Codelco).

Sus hijos y esposa (la señora Florencia) dicen que, pese a que no tuvo la posibilidad de completar sus estudios escolares, ni menos cursar otros que le ayudarán a desempeñarse en un trabajo, gracias a su responsabilidad y al empeño que siempre puso en cada una de las tareas, pudo acceder y aprobar varios cursos de capacitación internos y en institutos profesionales (como Inacap), financiados por las empresas donde estuvo contratado.

En 1980, cuando su suegra había quedad viuda, ella le dijo que se quedara con la panadería de la familia. De esta forma, él y la señora Florencia se hicieron cargo de la Santa Agustina. Fueron años de mucho sacrificio, en que las horas de sueño escaseaban.

Pero para don Alberto, esto no sólo era un desafío, sino la oportunidad de cumplir un sueño de siempre: Tener un negocio.

Trabajaba de 7:00 a 11:30 en la minería. Luego se trasladaba para desempeñarse en la panadería, en lo que era su horario del almuerzo (11:30 a 13:00 horas). A continuación, regresaba a la minería a cumplir su jornada diaria, que concluía entre las 17:00 y las 18.00 horas. Finalizaba cada día en la panadería, donde aprendió a calentar los hornos, ver los amasijos y los revueltos. En definitiva, tuvo que comenzar a “formarse” en panadería, partiendo nuevamente de cero.

Doña Florencia Araya, en tanto, repartía sus esfuerzos de cada día entre la panadería y la casa familiar, donde tenía que atender las necesidades del hogar y a los hijos.

Tras 5 años, en los cuales ambos lograron inyectarle una nueva vida a la panadería, don Alberto renunció a la minería. Su deseo y el de su esposa, era levantar aún más la empresa. Y así lo hicieron, porque la Santa Agustina mejoró las ventas, los clientes se multiplicaron y la reputación de la empresa creció paulatinamente.

En esos años, un tío de doña Florencia, quien quería ya dejar el negocio, les había ofrecido venderles su panadería en Antofagasta. Pero don Alberto consideró que no estaban aún en condiciones. Pero ante la insistencia del tío, quien quería que la empresa quedara en sus manos, don Alberto aceptó y compró en 1984.

La familia se trasladó a Antofagasta para hacerse cargo de su segunda panadería, la San Francisco. En Tocopilla dejaron un administrador, pero cada cierto tiempo don Alberto viajaba (180 kilómetros) a ver su funcionamiento.

Los niños también tuvieron que adaptarse a una nueva vida. Marco llegó a cursar 1° medio, Alejandra, 4° básico y el pequeño Leonardo a iniciar su escolaridad, en 1°. “Como familia se nos hizo muy difícil venirnos a Antofagasta, porque estábamos acostumbrados a una ciudad más chica, pero fue una buena decisión”, recuerda doña Florencia.

Como en la otra panadería, los Espejo Araya tuvieron mucho éxito con la San Francisco. En primer lugar, modificaron la forma de trabajar, ya que sus tíos sólo hacían pan en la mañana. Ellos abrieron por la tarde, con pan fresco para la once.

Pero no sólo eso, muchos dicen que el éxito de esta industria se debe a que don Alberto, quien encabezaba la familia, siempre trabajó con “honestidad, con mucho esfuerzo, con una excelente calidad de pan batido, buen precio y respeto por los trabajadores… sin duda esto, siempre le ayudó a tener equipos comprometidos, ya que muchas veces llegaban trabajadores nuevos, que tenían historias de grandes lagunas previsionales y bajos sueldos”, explica Juan Alberto, uno de sus hijos.

“Ningún trabajador se podía quejar, porque él respetó siempre todos sus derechos. También adquirió nueva tecnología y buenos vehículos para darles mayores comodidades en sus labores. Además los motivaba, porque trabajada como ninguno. Esto, porque para él la panadería era un compromiso de 24 horas”, dice su hijo.

Esto y su forma de relacionarse con sus colegas, clientes y proveedores, le dio un gran prestigio en el rubro. Y lo llevó a que, en los años 90, fuera el presidente de la Asociación de Industriales Panaderos de Antofagasta, Asipan (la que hoy ya no existe).

“Como nunca se generó la unidad gremial. Se logró –porque se podía en esos años- que ningún industrial vendiera el pan a un precio bajo costo. Así todos ganaban lo justo. Hoy eso es imposible, ya que hay muchos que venden sin cumplir con sus trabajadores y las leyes, con lo cual casi regalan el pan a 890 pesos a público”, se queja la señora Florencia.

Recuerda que cuando fue dirigente se realizaron eventos y hasta viajes al extranjero (México, Alemania y Paraguay, entre otros lugares), ya sea a ferias internacionales como a misiones tecnológicas. También fue parte del directorio de Fechipan, lo que le permitió conocer las realidades de los industriales panaderos del resto del país y el mundo, y con ello llevar a su zona nuevas ideas. “Siempre procuró aprender más y ser un aporte para otros”, señala su esposa.

Una tercera panadería se sumó a la familia. Se trató de la San Marcos de Antofagasta, que compró su hijo Marco hace ya 10 años. Leonardo se hizo cargo de la Santa Agustina de Tocopilla. Y la San Francisco quedó en manos de don Alberto y su hijo Juan Alberto, quienes transitoriamente ven también la San Marcos, debido a problemas de salud de su dueño.

En Tocopilla y Antofagasta establecieron un sistema de tres turnos, que permitió fortalecer las panaderías. En las dos primeras se modernizó la maquinaria y se sacó mucho provecho a la pastelería. Todo con el empuje de don Alberto, que siempre ha tenido la visión de dejar unas industrias sólidas en manos de la familia.

Como ejemplo de su empuje, sólo basta mencionar que la panadería en Tocopilla partió con un negocio pequeño y hoy abarca varios terrenos.

Pero en el último año don Alberto ha debido enfrentar serios problemas de salud, aunque esto no le ha restado ganas de seguir presente en la San Francisco.

Tiene 75 años, de los cuales 40 los ha dedicado a la panadería y hasta el año pasado, realizaba trabajos físicos en la San Francisco. No sólo en lo vinculado con la elaboración del pan, sino que como gasfíter, soldador, mecánico, electricista y apoyando en la administración.

A pesar de todas esas labores y múltiples responsabilidades, en todos estos años nunca ha dejado de lado a su esposa, 5 hijos y-ahora- más de 20 nietos, con los cuáles siempre procura tener una relación.

Hoy dice que se siente muy feliz por la vida que ha tenido, la familia que ha formado, los amigos, colegas y trabajadores que ha conocido.

“Ama la panadería. Dice que es su vida. Nunca destaca lo que ha logrado, sino que enfatiza que siempre queda algo más por hacer. Para él no hay techo, sino que un camino que recorrer para mejorar”, dice su hijo Juan Alberto.

Por la pandemia y su enfermedad ha tenido que estar en casa, lo que lo tiene algo triste. “Mira desde lejos (vive al frente) y pregunta cómo va todo. Él siempre dice que quiere morir en la panadería”.

“Es un hombre admirable. Partió desde la nada. Se hizo solo. Hoy encabeza empresas exitosas, que han dado trabajo y apoyado a muchas familias. Nunca olvidó sus orígenes y ha sido muy generoso. Ha ayudado a toda su familia, sin perder su humildad. A pesar de que tuvo que trabajar desde niño y llegó a representar a su gremio hasta en viajes a Europa, nunca se le fueron los humos a la cabeza. Nuestro padre es un hombre admirable y nos sentimos todos muy orgullosos de él”, concluye su hijo Juan Alberto Espejo, en representación de la familia.

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