El 30 de abril se bajaron definitivamente las cortinas de Pan Cordillera. Con mucha emoción y recibiendo innumerables gestos de cariño de sus clientes, ese día se terminó de escribir la exitosa historia de 70 años de esa empresa. Ésta partió en los años 50, por iniciativa de don Jaime Castaño, quien la diseñó, construyó e inauguró. Y terminó con el abnegado trabajo de Felipe Gerhard, su nieto, quien debió enfrentar un emotivo cierre en medio de la incertidumbre de la pandemia.

Fueron precisamente los efectos del coronavirus sobre las empresas, lo que los llevó a tomar esta decisión, ya que no se veía en el horizonte la posibilidad cierta de recuperar los clientes de reparto institucional que se perdieron por las cuarentenas.

Los dueños previamente realizaron ajustes y recurrieron a dos créditos “Covid”, pero entendieron que lo mejor era cerrar cuando estaban en una situación estable, para así poder cumplir con todos los beneficios y compensaciones que debían recibir sus trabajadores.

HISTORIA

Pan Cordillera estaba ubicada en Avenida Las Condes 7073, a la altura de Las Tranqueras. Era una de las tres panaderías que representaban a la industria tradicional en esa zona (junto a Lo Saldes y la Tomás Moro). Su negocio estaba enfocado en 70% al reparto para casinos, estadios, restaurantes, centros de eventos, empresas de catering, colegios y universidades. El resto de su venta correspondía a las compras de sus fieles vecinos.

Lamentablemente, debido a la pandemia, se perdieron casi la totalidad de los repartos y la presencia de los clientes en el salón fue disminuyendo paulatinamente. Pero no siempre fue así… Hasta septiembre de 2019, fue una empresa de significativas ventas en todas sus modalidades de comercialización.

Su historia partió gracias a la visión de don Jaime Castaño, quien mandó a construir el local en 1949. Él, previamente habían armado una sociedad con sus hermanos Manuel y Domingo, que involucró a varias panaderías y al Molino Puente Alto. Pero tras la disolución de la sociedad, se quedó con las panaderías Pan Cordillera, La Preferida de Recoleta (al lado de la Vega) y La Vitacura de esa misma comuna.

Trabajó muy duro por un par de décadas para mantener en forma exitosa esas tres industrias. Y en el año 1971, don Erwin Gerhard se casó con Gloria Castaño, hija de don Jaime. En ese entonces, él trabajaba como académico en la carrera de ingeniería forestal en la Universidad de Chile.

Pasado un tiempo, don Jaime le ofreció al joven matrimonio hacerse cargo de Pan Cordillera, pero don Erwin no se decidió de inmediato, aunque hacia 1973 comenzó a ayudar en la administración durante algunos días.

Eran años muy complejos –recuerda- cuando se enfrentaban muchas exigencias en términos de las cuotas de pan, la fijación de precios, el desabastecimiento de insumos y la presión de los sindicatos.

Poco a poco comenzó a aprender todas las labores, gracias al apoyo del mayordomo, don Antonio Juri. Además observó y entendió el compromiso social de la panadería, al ver que se entregaba algunos panes a una adulta mayor vecina -por la pandereta– para que ella y otros ancianos no tuvieran que hacer langas colas para conseguirlo.

Felipe Gerhard y su familia

En 1974, don Erwin y su esposa Gloria se decidieron a asumir la responsabilidad de la panadería. Él renunció a su trabajo y ella se retiró de sus labores en el INTA para hacerse cargo de los tres niños que tenían, así como para ayudar en la panadería en la medida de sus posibilidades.

Si bien su suegro iba periódicamente a revisar cómo iba todo, el peso lo asumió don Erwin, con el apoyo del mayordomo, el compromiso de todo el equipo de trabajo y el soporte de su esposa.

Trascurrieron los próximos 4 años sin sobresaltos. Se distribuía bastante pan a la población San Luis, que estaba ubicada donde hoy está el Parque Arauco, y después en los edificios que se instalaron en Los Militares. “Eran tiempos de harta venta de pan”, recuerda.

En 1977, la liberación del precio del pan les generó una inquietud inicial, porque no sabían cómo manejarlo. Pero al poco tiempo el mercado lo estabilizó. Además, esto les permitió aumentar la producción, calidad y variedad de panes. Y también incorporar nuevos productos al negocio, como más mercadería.

La familia la integraban entonces sus hijos Mariana, Andrés, Rodrigo y, en 1982, nació Felipe. Cuando él tenía 2 años, la señora Gloria se incorporó más activamente a la panadería. Esto, gracias a que las labores del hogar y el cuidado de los hijos quedó en manos de la señora Marta, esposa de un panadero quien por 40 años fue parte de la familia.

Los años que siguieron fueron de muchas satisfacciones y buen desarrollo de la panadería (lo que incluyó una remodelación). Los hijos realizaron sus estudios profesionales y armaron sus respectivas familias. Transitoriamente, Rodrigo trabajó con don Erwin, pero al cabo de un tiempo se fue a vivir a Alemania con su familia.

Tras dos años se incorporó Felipe, quien había estudiado ingeniería civil industrial y había renunciado a su empleo en busca de independizarse o trabajar en un proyecto pyme.

Él logró optimizar los resultados en comunicación y organización en la empresa. Entre otras cosas, mejoró las rutas de reparto e impulsó el uso de la tecnología en la producción. Esto sin perder la “tradición”, pero con la ventaja de aumentar la fabricación, hacerla más estable y no depender tanto de la mano de obra, que cada vez se volvía más escasa.

Así logró cuidar los márgenes de ganancias, controlar costos y entregar lo que el cliente pedía y cómo lo quería. Y pese a que a nivel país el consumo de pan fue disminuyendo, Pan Cordillera logró mantener sus ventas hasta el 2017. Al año siguiente bajó un poco, pero con el estallido social de octubre del 2019, recibieron un gran golpe.


Erwin Gerhard y su señora, Gloria Castaño

Se les hizo muy difícil el día a día y que los trabajadores llegaran a sus labores. Luego, debido a la pandemia, se cerraron los colegios y muchas instituciones, lo que fue una verdadera estocada para la empresa. Ese año don Erwin se retiró para hacer cuarentena en su hogar y se perdieron casi todos los pedidos corporativos.

Lo que siguió fue administrar las perdidas y pedir créditos. Estuvieron un año aguantando con el 45% de la producción. Tuvieron que cerrar dos semanas por contagios de trabajadores y con mucho dolor, tuvieron que despedir a varios de ellos.

Al iniciarse el 2021, esperaban que la pandemia fuera en retirada, pero esto no ocurrió y lo que fue peor, enfrentaron la falta de certeza de lo que vendría. Entonces decidieron cerrar antes de que la situación fuera más compleja. Aceptaron la oferta de una inmobiliaria para así pagar todos sus compromisos y las indemnizaciones de sus trabajadores (algunos de 38, 40, 45 y hasta 47 años de antigüedad).

Dar a conocer esta decisión a sus colaboradores no fue una tarea fácil, pero Felipe la asumió con el respaldo de una buena relación previa con ellos. Una vez comunicada la noticia, muchos vecinos fueron a despedirse y agradecer por todo lo entregado, junto con llevarles algún presente a las funcionarias del salón, con quienes habían entablado amistad.

Debido a la pandemia, el día del cierre no pudieron hacer una ceremonia o un evento como les hubiese gustado. Pero hubo un momento de reflexión y unidad, que no estuvo carente de emociones.

A la fecha están liquidando lo que les queda de maquinarias y están preparando la entrega final que debe producirse el 31 de agosto. Aunque con la promesa de que el día que la pandemia se los permita, juntarán nuevamente al equipo de Pan Cordillera para compartir una cena y un brindis por el inolvidable camino que recorrieron en esta gran industria panadera.

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