El 10 de junio nos sorprendimos con la triste noticia del fallecimiento de don Eusebio Gamio, un destacado industrial panadero que dejó una huella imborrable en su familia, colegas, clientes y amigos.

Don Eusebio nació el año 1943 en su casa de Narrastenia, Arizkun, en el Valle del Baztán, en Navarra. Fue el segundo hijo del matrimonio formado por Manuel Gamio Iturbide y Juana Mary Irigoyen.

Cuando tenía 16 años emigró sólo a Chile en barco. Llegó a Valparaíso y gracias a los contactos que hizo con otros emigrantes durante el viaje, comenzó a trabajar en una panadería como repartidor (en triciclo y a pie) y ayudante.

Años más tarde, junto a personas conocidas de su pueblo se fue a Linares, a trabajar en otra panadería. Allí aprendió a hacer de todas las labores del rubro.

Luego se trasladó a Santiago para desempeñarse en otro establecimiento. Y en ese periodo conoció a María Gladys Herrera, nacida en San Bernardo. Se casaron el 24 de marzo de 1963 y al año siguiente nació su hija Gema.

Con el dinero que tenían se mudaron a Talagante e instaló un local Frutos del País en la plaza de armas de esa localidad. Allí vendía y distribuía todo tipo de alimentos producidos en la zona, tanto para consumo humano como animal. Además tenía por ese entonces una camioneta, con la que iba a dejar pedidos a distintos lugares del sector.

Hacia 1969 nació su segunda hija, María Jesús. Y a comienzo de los años 70 se fueron a vivir a una panadería en Cerrillos, donde don Eusebio ejerció como administrador. La empresa era de don Hipólito Neón.

Las niñas vivieron su primera infancia en esa panadería, observando cómo sus padres trabajaban en la industria. Para 1973 a don Eusebio le surgió la oportunidad de comprar una panadería propia en Independencia. De este modo adquirió la “Cervantes”, ubicada en la esquina de Pinto con Escanilla.

Aproximadamente unos 10 años después, como familia decidieron dejar la capital y trasladarse a Melipilla. La determinación se produjo, en lo esencial, porque su señora se había enfermado a raíz de tantos problemas que debieron enfrentar. Así don Eusebio vendió la panadería y compró otra en un pueblito llamado Bollenar.

Era un local muy pequeño, pero él lo hizo crecer generando reparto y mejorando la oferta de productos. Si bien trabajaba con 2 personas en producción, siempre entraba al salón a hacer pan, pan de pascua o lo que fuera necesario.

Gema ya tenía unos 15 años y se incorporó al negocio familiar colaborando en algunas tareas. Al poco tiempo se enfocó en apoyar en el reparto en las zonas interiores. “Trabajando solamente la familia sacamos adelante el negocio”, recuerda.

En marzo de 1985 la panadería se cayó a causa del terremoto de magnitud 8.0, con epicentro en la región de Valparaíso, que afectó a toda la zona central del país.

LA BUEN GUSTO

En busca de nuevos horizontes don Eusebio decidió trasladarse a El Monte. Allí se hicieron cargo de una panadería muy deteriorada. Pero él la renovó a su gusto. “Fue su ´chiche’, la remodeló entera”, dice su hija Gema.

Y esta panadería fue la que le dio todo. “Mi papá logró tener su capital y todas las cosas que necesitaba y soñaba”, recuerda su hija mayo. “Cuando llegó era una casona vieja, en la que se vendía un poco de pan, pero él le dio el empuje y formó su gran empresa, a la que llamó ‘Buen Gusto’.

Para esos años su hija Gema ya estaba casada. Cuando se encontraban en Melipilla, ella conoció a un agricultor de la zona, Luis Rolando González, y ambos se dedicaron a la panadería San Francisco de esa ciudad, ubicada en la esquina de Correa con Ugalde. Estuvieron a cargo de esa industria por 32 años, lapso en el que nacieron sus 3 hijos: Luis Felipe, Matías Ignacio y Leonardo Antonio.

Tras algunos problemas de salud de su esposo y 2 asaltos con pistola a ella, decidieron arrendar la empresa y se fueron a vivir al campo (El Pimiento, Mallarauco) junto a su hijo menor. En el 2021, tras terminar el contrato con los arrendatarios, optaron por remodelarla y venderla.

Debido al contacto que tuvo con maestros que llegaron desde Santiago, a Luis Rolando le dio Covid y contagió a su esposa e hijo menor. Y debido a complicaciones de esta enfermedad, él falleció a los 59 años. Y mientras Gema enterraba a su esposo, le avisaron que su hijo estaba agonizando. Pero afortunadamente al día siguiente se recuperó y hoy viven juntos.

En tanto la historia de la hija menor de don Eusebio, María Jesús, se destaca porque trabajó con su padre en la panadería de El Monte (ubicada Los Libertadores 290). Todo anduvo muy bien hasta que don Eusebio decidió venderla hace unos 3 años, porque quería descansar y disfrutar de la familia.

Pero el amor al oficio le hizo habilitar una pequeña amasandería al lado de su casa, llamada Las Mellizas. Ésta quedó a cargo de María Jesús y de su hija. A ese lugar, por las tardes don Eusebio iba a entretenerse atendiendo algunos días la caja, sin tener necesidad.

Todo andaba perfecto hasta que en febrero de este año le detectaron un cáncer cerebral que no era operable. Y se lo descubrieron porque tuvo un ataque. Al salir del hospital no quiso saber qué tenía y decidió irse a su casa. A sus hijas les dijeron que moriría en un mes, pero gracias a sus cuidados los acompañó por otros 4 meses.

Gema señala, con mucha nostalgia, que la muerte de su padre sucedió 1 año y 3 días después de la muerte de su esposo. “En un año nos pasó de todo”.

LA RAZÓN DE SU VIDA

Para él, dice Gema, la panadería fue su vida. Siempre les dijo que el día que se fuera de la tierra, quería partir con su “traje de madera desde la panadería”. Y así fue, ya que hasta que la salud se lo permitió, estuvo ayudando en la amasandería.

“Fue un hombre muy esforzado, inteligente y ordenado. Sacó adelante los negocios y a su familia. Esto pese a que no tuve estudios. Debe haber cursado hasta más menos cuarto básico. Pero gracias a su porfía y su empuje, logró alcanzar todos sus sueños”, comenta su hija.

Amaba y disfrutaba a su familia. Por ello, todos los domingos y las fiestas disfrutaba de sus hijos, luego de sus 4 nietos y 6 bisnietos. “La mesa navideña era espectacular. Mi madre se dedicaba con mucho amor a sorprendernos”.

Fue campeón mundial de Mus en dos oportunidades. En ese contexto, tuvo la oportunidad de conocer muchos países para participar en campeonatos. “Él último, y al que lo acompañamos, fue en México”.

APORTE A LA COLONIA

Fue socio del Estadio Español y socio fundador del Centro Navarro de Chile (Centro Vasco), ubicado en calle Vicuña Mackenna, casi esquina Santa Isabel.

La historia de este logro se gestó porque don Eusebio y otros miembros de la colonia Navarra se reunían habitualmente. Eran una veintena. “Les surgió la necesidad de tener un lugar donde juntarse. Invitaron a otros y obtuvieron la ayuda de Navarra. Compraron una propiedad, formaron cuerpos de baile y equipos deportivos… en los tiempos en que nosotras éramos pequeñas, era un lugar muy familiar”, recuerda Gema.

“Venían personas desde España –agrega- para enseñar el idioma y de baile. Se hacían competencias de frontón y había siempre muchos eventos”.

Con el paso del tiempo generaron vínculos con otros centros navarros de otras ciudades de Chile y de países vecinos. Casi todos los matrimonios de la comunidad vasca se realizaron por muchos años en esas dependencias. Hoy los hijos y nietos de los fundadores aún se reúnen en el lugar a para competir o entrenar. Además cuenta con un restaurante, que está abierto a todo público y realiza eventos.

Don Eusebio disfrutó mucho en ese centro. “Ahí se reunía con amigos y cometía Mus habitualmente. También se reunían en sus casas. Eran un grupo muy unido”, puntualiza Gema.

A su vez, el compromiso con La Unión Española se manifestó por su constante asistencia al Estadio Santa Laura, con nietos, amigos y hasta solo. Disfrutaba de cada partido…

Pero su gran “chochería”, indica Gema, fue que ambas hijas se dedicaran al rubro de la panadería. Traspasó a ambas sus conocimientos en la parte administrativa, y además esta afición quedó en la sangre familiar, ya que su nieto mayor, Felipe, hoy está a cargo de la panadería San Francisco de Melipilla.

Así, la historia familiar se sigue escribiendo con harina… tal como don Eusebio lo soñaba.



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